En la franja 30-40, los catalanes de nacimiento ya son minoría
Imagínese la escena: un padre explica a su hijo que es catalán, nacido aquí, pero su apellido delata un origen andaluz. En su clase, la mitad de los niños tienen padres de fuera de España. Los datos del INE para la franja de 30 a 40 años lo confirman: los nacidos en Cataluña son ya menos de la mitad. Sustituidos por nacidos en Andalucía, Ecuador, Marruecos o Pakistán.
La cifra, difundida en medios económicos, ha reabierto el debate sobre la identidad catalana. Hay lecturas para todos los gustos. La más tranquila sostiene que es el resultado lógico de dos décadas de inmigración sostenida y de una natalidad autóctona bajo mínimos. La más conspirativa habla de un plan deliberado para diluir la base social del independentismo. No hay pruebas de esto último, pero el hecho estadístico es tozudo.
Lo que pocos apuntan es el matiz metodológico: el INE clasifica por lugar de nacimiento, no por nacionalidad ni autopercepción. Un catalán de segunda generación nacido en Sabadell cuenta como nacido en Cataluña, aunque sus apellidos sean rusos o marroquíes. La etiqueta se queda corta para describir una sociedad en cambio.
El impacto político es inevitable: el relato independentista se construyó sobre la existencia de un pueblo catalán con raíces profundas. Cuando la mitad de los treintañeros no nacieron aquí, la apelación a la historia se vuelve más compleja. Irónicamente, fue la propia inmigración de los sesenta y setenta la que forjó buena parte de la Cataluña industrial obrera que luego votó soberanismo. Ahora, el espejo cambia otra vez.
Cierre: El hecho de que haya que aclarar qué significa exactamente “extranjero” en las estadísticas dice más de la confusión del debate que de los datos. El INE solo cuenta nacimientos. No cuenta lealtades. Y esa es la verdadera anomalía de la Cataluña de 30 a 40 años.