El canon literario masculino: no leer a autoras por gusto propio
En un hilo de foro, varios lectores admitieron no haber terminado nunca un libro escrito por una mujer por decisión propia. No por prohibición, no por falta de acceso. Simplemente, no les apetece. Y lo dicen sin sonrojo, con una mezcla de orgullo y de coña que da bastante que pensar sobre cómo se construye lo que leemos.
El punto de partida es una confesión sin filtros: un lector asegura que lo único que ha leído firmado por una mujer fue por obligación en el instituto, y que aquello le dejó escaldado de por vida. A partir de ahí, el asunto deriva en un inventario de excepciones, sospechas y ajustes de cuentas que dice más de los prejuicios del lector que de la literatura misma.
Las excepciones que confirman la regla
Aparecen nombres. Margaret Weis, Agatha Christie, Patricia Highsmith, Virginia Woolf, Edith Wharton, Carson McCullers, Colleen McCullough, Ana María Matute, Carmen Laforet, Emilia Pardo Bazán. La lista es larga y variada, pero casi siempre viene acompañada de una coletilla que la desactiva: «es la excepción porque era medio machorra», «esa se lo escribió el marido», «no cuenta porque era coautora con su marido». El mecanismo es siempre el mismo: si una mujer escribe bien, se busca la forma de que no sea del todo mujer.
Hay quien sostiene que la contribución femenina a la buena literatura es, en conjunto, menor que la masculina. En contra pesa el argumento de que el canon lo han construido, revisado y enseñado mayoritariamente hombres durante siglos, lo que convierte la supuesta inferioridad en una profecía autocumplida. La discusión no se cierra.
El caso McCullough: 600 páginas y nadie discute
Si hay un nombre que resiste el escrutinio es el de Colleen McCullough. Su serie sobre Roma, con seis novelas de entre 600 y 800 páginas cada una, es citada como una de las mejores obras de novela histórica jamás escritas. Reconstruye a César niño, a Augusto joven, a Mario, a Sila, a Servilia, y mantiene la coherencia durante miles de páginas. Quien lo defiende no admite matices: «no le quitéis mérito a una de las mejores series de novela histórica de la historia».
El contraste con otras autoras es brutal. La misma persona que alaba a McCullough sin reservas confiesa no haber pasado de la página 20 de cierto ensayo histórico superventas firmado por una mujer. No es una cuestión de género, insiste, es que la autora no sabe escribir. La frase, con toda su crudeza, resume la tensión del asunto: se juzga a las autoras por su obra, pero se sospecha de su obra por ser autoras.
La trampa del «estilo femenino»
Una de las acusaciones más repetidas es que «se les nota» que son mujeres al escribir. Que hay una feminidad en la prosa que repele de forma natural. El problema es que cuando se les señala un ejemplo concreto, la acusación se desmorona. Carson McCullers, con su nombre deliberadamente neutro y su estilo seco, es puesta como ejemplo de escritora que gustaría a cualquiera. Robert Graves, excelente novelista, peca de todo lo que se le achaca a una mujer solo por serlo, según otra intervención.
La conclusión implícita es incómoda: lo que se detecta como «femenino» no es un estilo, es una expectativa. Si sabes que el autor es mujer, lees de otra manera. Si no lo sabes, lees el libro.
El dato que descoloca
Hay una intervención que resume el absurdo mejor que cualquier análisis: un lector reconoce que no ha leído ningún libro escrito por una mujer, pero matiza que en su caso es porque lee poquísimo aparte de internet. Es decir, el problema no es el sesgo, es que no lee. Y sin embargo, la pregunta original sigue teniendo sentido para él.
La discusión deriva hacia territorios más oscuros cuando se sugiere que leer a mujeres sirve para «entender la cosmovisión femenina» y utilizarla para manipularlas. La respuesta no se hace esperar: los que mejor manipulan no han leído un libro en su vida. El argumento se autodestruye.
Lo que queda
Entre la misoginia de unos y la condescendencia de otros, el resultado es un retrato bastante preciso de cómo se forma el gusto literario: por imitación, por prestigio y por pereza. Nadie ha prohibido nada. Nadie ha quemado libros. Simplemente, durante generaciones, el canon ha venido con firma de hombre y nadie ha preguntado por qué.
La pregunta que queda en el aire no es si las mujeres escriben bien. Es por qué hace falta una excepción para leerlas.