Muertes de villanos: el placer de ver caer al malo
¿Cuántas veces has abandonado una sala con la sensación de que el director te ha robado la muerte que merecía el malo? El cine, sin embargo, sabe compensar: hay muertes de villanos que el público celebra como despedidas de soltero. John Doe en Seven muere, pero su plan triunfa; Joffrey Baratheon, en Juego de Tronos, muere y el mundo respira aliviado. La diferencia está en el guion.
Catarsis pura: cuando el malo lo tenía merecido
La muerte de Joffrey es el ejemplo perfecto: un psicópata adolescente que provoca el asesinato de Eddard Stark y disfruta con el sufrimiento ajeno. Su envenenamiento en la boda es una ejecución con todo el público mirando. En la misma órbita, el coronel del Planeta de los Simios acumula dos horas y media de crueldad con los simios hasta que César le propina una paliza que ni el espectador más pacifista pudo criticar. Los Santos Inocentes, con el señorito Iván, añade la venganza clasista: la escena en la que Azarías aprieta el cuello de su amo es un desquite social.
La muerte incómoda: el malo que gana al morir
No todas las muertes satisfacen. John Doe, el asesino de Seven, muere acribillado, pero su plan se cumple: la cabeza de Gwyneth Paltrow va dentro de una caja. El espectador queda con el regusto de una derrota disfrazada de victoria. Y en La pasión de Cristo la muerte no es del malo, sino del justo: la catarsis se vuelve incómoda. Ahí está la gracia: el cine nos entrena para aplaudir solo cuando la balanza se equilibra.
La próxima vez que un villano muera en pantalla, pregúntate si era justicia o simplemente un final de guion. Al público le va la primera. O eso dice la taquilla.