La doble escapada del presidente: crítica abierta
Que un presidente se tome unos días no es noticia. Que lo haga dos veces seguidas, en Lanzarote y Andorra, con el país en situación de emergencia, se convierte en gesto político. Y no precisamente inocente.
Las redes y ciertos sectores de la oposición ven en la combinación de playa, buceo y telesilla una provocación deliberada. El argumento: no se trata del derecho al descanso, sino de la imagen que se proyecta en mitad de una crisis. “Trabaja unas horas y se vuelve a ir”, resume la crítica, que denuncia un patrón de supuesta desconexión.
Otro sector, minoritario, responde: ¿y qué? Si el trabajo se hace igual desde un palacio que desde un hotel de montaña, la geografía no cambia el resultado. Incluso hay quien celebra la ausencia: cuanto más lejos, mejor.
Provocación o derecho al descanso: dos lecturas
La primera lectura: el presidente busca humillar a la ciudadanía con un desplante. La segunda: es simplemente un ciudadano más que se toma sus días. Los datos objetivos no confirman ninguna de las dos. Lo que sí deja el cruce de acusaciones es una pregunta incómoda: ¿por qué unas vacaciones resultan aceptables y otras no? La respuesta, probablemente, la encontramos en la España real: la que se arruina en agosto mirando los titulares.
Con las encuestas en contra y la legislatura en precario, la previsión es que esta polémica se diluya sola, como ya ha pasado antes. Pero la imagen del telesilla, repetida hasta la extenuación, ha quedado grabada. Es probable que no sea la última. No hay rubor en el Ejecutivo a la hora de convertir el ocio presidencial en teatro.