Cómo se diagnosticaba el SIDA antes de existir el test
Entre 1979 y marzo de 1985 no existía ninguna prueba de laboratorio para el VIH. Y sin embargo, los medios publicaban casos, los hospitales contaban fallecidos y las autoridades hablaban de epidemia. La paradoja, señalada con insistencia en un debate que se prolonga durante años, es la siguiente: si hoy la literatura médica repite que la infección por VIH solo puede establecerse mediante un análisis específico y que las manifestaciones clínicas son inespecíficas en cualquier estadio, ¿cómo se diagnosticaron los primeros casos de SIDA antes de que ese análisis existiera?
El primer caso documentado se sitúa el
5 de junio de 1981 en Estados Unidos, y en España en octubre de ese mismo año en el Hospital Vall d'Hebron. El primer test aprobado por la FDA llegó el
2 de marzo de 1985. En medio, cuatro años de diagnósticos sin herramienta diagnóstica. Algunos artículos de la época, rescatados de hemeroteca, retrasan incluso el arranque hasta
1979.
La contradicción que nadie cierra
La objeción central es lógica, no médica. Si la clínica no sirve para diagnosticar la infección, el test resulta imprescindible. Pero si el test se validó comparándolo con pacientes ya diagnosticados clínicamente de SIDA, entonces la clínica sí servía. El círculo se muerde la cola: o el test es superfluo, o es inútil porque su referencia de validación es aquello que dice no poder usarse.
Hay quien responde que la medicina avanza por acumulación y que las enfermedades se describen antes de entenderse. El ejemplo clásico: nadie sabía qué causaba la hepatitis y ya se distinguía un cuadro clínico. Un médico que participa en la conversación lo formula así: aparece un grupo de personas con síntomas que no encajan en nada descrito y se busca la causa. Es un argumento razonable, aunque esquiva el punto exacto: una cosa es describir un síndrome y otra afirmar que existe un virus concreto detrás.
Qué dice el prospecto del test
El otro frente del debate es el propio test. Se sostiene que los prospectos admiten que se
asume la presencia del virus en quienes dan positivo, y que no existe un patrón oro independiente que confirme esa presencia. La defensa ortodoxa concede parte del terreno: se admite que no hay gold standard y que el Western Blot opera con tasas de error estimadas. La discusión se traslada entonces a la carga viral y al recuento de linfocitos como parámetros para iniciar tratamiento.
El salto al ébola completa el cuadro. Si el diagnóstico actual exige una prueba específica, ¿cómo se identificó el brote de 1976 sin ella? La misma estructura de pregunta, aplicada a otro patógeno, sirve para cuestionar el método entero.
El caso que descoloca la cronología
La hemeroteca aporta el dato más incómodo: muertes atribuidas al SIDA en
1983, cuando el test no llegaría hasta dos años después. La respuesta más habitual es que la atribución retrospectiva es práctica común en epidemiología. Puede ser cierta. También es cierto que convierte el diagnóstico en una reconstrucción posterior, no en un acto médico del momento.
¿Cuántos de los casos contados aquellos años resistirían hoy el criterio que la propia ortodoxia exige?