Makiivka: movilizados rusos muertos sobre un polvorín
Un batallón de recién movilizados rusos dormía encima de un depósito de municiones en la escuela número 19 de Makiivka, al noreste de Donetsk, cuando llegó el ataque con HIMARS. Las cifras de bajas van de unas decenas hasta
467 nombres apuntados en una lista de movilizados, según las versiones que circularon por canales rusos de Telegram. Ninguna de esas cuentas está confirmada por una autoridad independiente, y las familias de algunos soldados no han recibido información sobre su paradero. La fecha que repiten casi todas las versiones: la madrugada del 1 de enero, con la tropa reunida para recibir el año.
Qué pasó en la escuela 19 de Makiivka
El relato más repetido sitúa el impacto a las 00:01 del 1 de enero sobre un edificio de tres plantas y 1.185 metros cuadrados que quedó arrasado. Dentro, según esas mismas fuentes, se alojaba una unidad de más de
600 militares procedentes de la región de Saratov, a unos 19 kilómetros del frente. En el sótano del inmueble había un almacén de munición. Los proyectiles GMLRS lanzados por lanzacohetes HIMARS no distinguen entre cama y polvorín.
Sobre las circunstancias exactas hay dos versiones que circulan a la vez: la de los soldados durmiendo y la de un batallón celebrando la Nochevieja. Las dos aparecen en el rastro de mensajes, y las dos apuntan al mismo problema de fondo, que es la concentración de tropas en un punto fijo y previsible. Los canales rusos hablaron de una
carnicería y la polémica se extendió a la falta de información a las familias.
Por qué las cifras de bajas rusas no cuadran
Las estimaciones manejadas en la discusión pública son incompatibles entre sí, y eso no es un detalle menor. Una fuente abierta de seguimiento de bajas habla de 467 movilizados dados por desaparecidos o muertos tras el bombardeo. Otro recuento atribuido a observadores señala que murieron
unos 400 militares y otros 300 resultaron heridos en una única concentración de tropas. Hay quien baja el total a unas 200 bajas mortales sumando dos ataques separados en el Donbás, el de Makiivka y el de Alchevsk, ocurridos en dos días.
Para calibrar el orden de magnitud, algunos mensajes comparan el golpe con el ataque contra el cuartel de los marines estadounidenses en Líbano. Y un dato que se repite como prueba del alcance de la explosión:
restos hallados a 700 metros del edificio. Con esa dispersión, la cifra real difícilmente se sabrá por la vía oficial. El episodio de los ataúdes de zinc cerrados, sin prueba de identificación y con familias que dicen no haber visto el cuerpo, alimenta el recelo sobre el recuento.
El mando ruso repite el error once meses después
Alojar a la tropa en el mismo edificio donde se guarda la munición, a distancia de la artillería de precisión enemiga, es un error de manual. Lo llamativo es que no es el primero. Los propios mensajes que circulaban en canales rusos se preguntaban qué había pasado en once meses de guerra para que los mandos no hubieran corregido nada. La respuesta más cínica es también la más plausible: nadie en la cadena de mando paga el precio de la negligencia; lo pagan los que están dentro.
A esa negligencia se suma un problema logístico reconocido en esos mismos canales: en la zona de Donetsk los cuarteles escasean y las unidades acaban ocupando colegios y otros locales sin criterio militar.
Movilizados: entre la víctima y el invasor
Aquí está la fractura real del caso. Una parte de la conversación subraya que los muertos eran reclutas recién sacados de su trabajo y de su casa, muchos de ellos sin querer pisar Ucrania, y plantea que un golpe así podría empujar a las familias rusas a protestar. Otra parte responde que, voluntarios o no, formaban parte de un ejército que invade y saquea un país soberano, y que la responsabilidad última es de quien firma las órdenes, no de quien lanza el cohete. Ambas lecturas conviven en el mismo párrafo de la discusión: la compasión por el individuo y el rechazo frontal al ejército en el que sirve.
De Makiivka a la OTAN y al rifirrafe político
La conversación derivó pronto a los marcos generales del conflicto: la ampliación de la OTAN con adhesiones voluntarias de antiguas repúblicas soviéticas, el precedente de Kosovo como puerta abierta y la comparación, discutible, entre el frente ucraniano y el debate territorial español. Ese último tramo se enconó con acusaciones cruzadas de justificar el terrorismo, una descalificación política sin hechos probados detrás. El intercambio se envió de vuelta al terreno de las etiquetas y ahí se quedó.
También apareció el frente de Pervomaisk, a unos 25 kilómetros al este de Bajmut, donde un ataque con HIMARS alcanzó un cuartel de la compañía Wagner con alrededor de
70 muertos. Dos golpes en la misma semana sobre el mismo tipo de objetivo: instalaciones fijas, tropa concentrada, munición al lado.
Con estas cifras sin cerrar, lo razonable es esperar que el recuento definitivo no llegue nunca y que cada bando mantenga su horquilla. Si algo ha quedado claro, es que concentrar cientos de hombres en un edificio con polvorín a 19 kilómetros del frente sigue siendo una decisión que se toma arriba.