Cao de Benos: por qué el régimen norcoreano cae bien en España
Cao de Benos ha vuelto a caer bien. La última entrevista del enlace oficioso de Corea del Norte en España ha reavivado una simpatía que incomoda a muchos: la de quienes ven en él la izquierda auténtica que Occidente habría enterrado. El personaje, al que se sitúa por Tarragona, funciona como un espejo que devuelve una imagen poco halagüeña. Lo que refleja habla menos de Pyongyang que de la política española.
El enlace norcoreano que se deja ver por Tarragona
El atractivo no está en el país, sino en el personaje. Se le retrata como alguien que exhibe una firmeza espartana y revolucionaria, sin dobleces hacia el relato dominante, y que además se muestra feliz y agraciado en tierras catalanas. En el otro platillo de la balanza, una parte de las críticas sostiene que vive de rentas familiares, que no tiene oficio conocido y que mantiene vínculos con el mundo de la ufología y los ambientes conspiranoicos. Ese cóctel —misterio, anticonvencionalismo y sonrisa— explica buena parte de su tirón.
El relato del marxismo auténtico que ya no existe
El argumento de fondo es otro. Quien simpatiza con él sostiene que la izquierda institucional abandonó la lucha de clases para abrazar lo que esa corriente llama política identitaria, y que los principios marxistas clásicos quedaron enterrados bajo una agenda de derechos que, en su versión, sirve al liberalismo globalizado. El feminismo institucional aparece en esa lectura como el ejemplo más claro del desvío. Frente a eso se idealiza una izquierda sin concesiones, la norcoreana, a la que se atribuye no haber cedido a ninguna de las modas que, según esta tesis, han vaciado de contenido al votante clásico.
Gulag, miseria y el problema de idealizar dictaduras
La fascinación no es unánime, ni mucho menos. La objeción más repetida es histórica y sin adornos: todos los países que adoptaron el socialismo real acabaron combinando la represión de la disidencia con una penuria económica que solo se corrigió abandonando el modelo. Sobre Corea del Norte el reproche es más concreto: se le describe como un Estado policial y carcelario, un sistema penitenciario a escala nacional con la población bajo control permanente. Otra línea de crítica apunta al propio personaje y sentencia que la coherencia dura hasta el primer sueldo decente.
¿Se vive mejor en Corea del Norte que en España?
Hay quien incluso sostiene que en el país asiático se vive mejor que aquí en vivienda, seguridad e inmigración. Es una afirmación sin datos que la respalden y que choca de frente con la descripción del régimen como una gran prisión. Se dice, y se dice en voz alta, lo que da la medida del clima. La réplica habitual, entre la ironía y el hartazgo, es invitar a quien lo defiende a hacer el petate y mudarse.
Con estos mimbres, lo previsible es que la próxima comparecencia repita el patrón: curiosidad, simpatía incómoda, alguna salida de tono y críticas de manual. No hay indicios de que el personaje vaya a dejar de ser rentable. Aunque con estos fenómenos conviene no apostar demasiado: la sorpresa, casi siempre, llega por donde nadie la espera.