Erdogan aterriza en Teherán para reunirse con Putin y Jamenei
El avión presidencial frenó en la pista del aeropuerto de Mehrabad y Erdogan bajó a una ciudad donde no le esperaban aplausos occidentales. La escena, difundida con el recibimiento oficial —autoridades turcas, el embajador en Teherán y las banderas de Turquía e Irán en el mismo encuadre—, daba imagen a un desplazamiento que desemboca en la
cumbre Erdogan-Putin-Jamenei en Teherán. Sobre la mesa, según los mensajes que acompañaron a las fotos, Siria y el futuro de Oriente Medio.
La lectura inicial del hilo lo veía como una nueva traición de Erdogan hacia Occidente. Reducir el aterrizaje a una traición, sin embargo, se queda en la superficie del asunto.
¿Por qué Turquía necesita sentarse con Putin y Jamenei?
Según el análisis que un forero desarrollaba en el hilo, porque tiene industria y población de sobra, y le faltan recursos energéticos. Esa carencia condiciona toda su política exterior. El país ha crecido industrialmente durante las dos últimas décadas hasta convertirse en una economía capaz de jugar un papel relevante, pero depende de energía ajena, y quien depende de energía ajena negocia con quien la tiene. En Siria, el objetivo de Ankara, según esta lectura, es acabar el conflicto en el bando de los vencedores, o al menos en una posición desde la que sacar algo a cambio: entre otras cosas,
rutas de recepción de gas.
Con ese punto de partida, Teherán y Moscú no son una escapada exótica, son los dos actores con capacidad real de decidir cómo se reparte el tablero sirio. Sentarse con ellos es la forma de no quedarse fuera del reparto.
El socio incómodo: por qué Turquía no obedece a la OTAN
Turquía está en la OTAN, pero nunca ha entendido la membresía como una obligación de alinearse en todo, según las voces que intervinieron en el hilo. Su entrada en Siria respondió a intereses propios, y su choque principal con Washington no viene de Moscú, sino de los kurdos: EEUU ha utilizado el apoyo a la autonomía kurda como baza para jugar en la región, y eso activa todas las alarmas en Ankara, que arrastra desde hace décadas un conflicto con el
PKK. La negativa a vender cazas
F-35 y a actualizar los
F-16 se lee, en esa clave, como desconfianza hacia un aliado que no se porta como tal.
Turquía no es el único miembro que se sale del guion. Un participante situaba en el mismo grupo a Grecia, que históricamente se ha mostrado díscola en la OTAN por sus roces con Ankara, a Hungría, que firma acuerdos con Rusia, China, la UE y EEUU según le conviene, y a Francia, la única con aspiraciones reales de restar peso a la Alianza. La diferencia turca sería la escala: territorio, demografía y economía como para permitirse el pulso.
Tecnología occidental que aterriza en Irán
Hay algo que genera incomodidad en el debate: la sospecha de que Ankara hace de puente para que tecnología de origen occidental acabe en manos iraníes. Un enlace compartido en el hilo describe un problema viejo: las alianzas militares se firman con cláusulas, no con lealtades. El resultado, en esa lectura, es una paradoja incómoda para la OTAN, con uno de sus miembros de pleno derecho actuando como proveedor de lo que sus socios quieren bloquear.
¿Se está desplazando el centro de gravedad hacia el este?
La tesis más ambiciosa del hilo es que unas élites occidentales enajenadas han perdido el dominio absoluto del mundo y que las decisiones se trasladan hacia el este. El marco se puede discutir; los números que se citan ayudan a dimensionarlo. En Rusia hay más de
8.000 mezquitas. En España, a fecha de octubre de 2021, se contabilizaban
1.700 mezquitas y salas de oración islámicas, frente a los 3.838 lugares de culto evangélicos registrados en junio de 2016.
La comparación tiene truco: Rusia es 33 veces España en superficie, aunque en población apenas la triplica. Y ahí aparecen los datos que se ponen sobre la mesa: la población musulmana rusa superaría el
10%, mientras en España se queda en torno al
4%, un porcentaje que otro participante ponía en duda. Hay quien proyecta incluso un 30% para 2030 en Rusia, cifra que en el propio hilo se presenta como especulativa.
De Teherán a Kosovo: el viejo zoco de las alianzas
El asunto se enredó, como suele, en los Balcanes. Una parte del hilo defiende que la OTAN puso fin en Kosovo a una violencia de origen étnico que Belgrado alentaba, y que fue la negativa serbia a plegarse a los planes de paz la que forzó la intervención. Otra responde que la Alianza tomó partido y que el resultado fue una limpieza étnica contra los serbios, continuada incluso después de la guerra: el
pogromo de Kosovo de marzo de 2004 se cita como prueba de que aquello no cerró nada.
Entre medias, el interés estadounidense en desmembrar Yugoslavia —potencia regional y aliada de Moscú, según uno de los participantes— y los errores de formas del ultimátum, que hasta sectores conservadores británicos y Henry Kissinger admitieron que podían haberse planteado de otro modo. La conclusión de fondo, para quien sostiene esa lectura, es que aquí nadie reparte leña por motivos humanitarios.
La foto de Mehrabad tiene, por ahora, una sola certeza verificable: Erdogan ha aterrizado en Teherán y las conversaciones sobre Siria y Oriente Medio siguen su curso. Todo lo demás —quién gana en Siria, quién paga la factura energética, qué pasa con los F-16 y quién mira hacia otro lado cuando la tecnología cambia de manos— sigue exactamente donde estaba.