R1b, Camerún y el ADN: el debate sobre si España es Europa
Una discusión abierta en
febrero de 2018 sobre los rasgos físicos de la líder de Ciudadanos en
Cataluña, Inés Arrimadas, derivó muy pronto hacia otro asunto: si España pertenece racial, cultural y genéticamente a Europa. El detonante era un juicio sobre el aspecto de una política concreta. El recorrido, un largo intercambio donde se mezclaron haplogrupos, historia de las migraciones humanas y agravios identitarios que llevan décadas cocinándose. La pregunta de fondo —qué significa ser europeo— no se resuelve con una foto. Pero el intercambio dejó varios datos que conviene ordenar, aunque solo sea para desactivar los peores usos que se les da.
Pocas cosas tan reveladoras como ver a alguien reivindicar pureza con un gráfico mal leído. Y aquí hubo unos cuantos.
El haplogrupo R1b como prueba de europeidad
El argumento con más base que apareció fue el del
haplogrupo R1b, el marcador genético de linaje paterno dominante en Europa occidental. Según los datos que se manejan en el intercambio, en la mayor parte de España representa alrededor del
80% de la población masculina, y es mayoritario también en Irlanda y Francia. Uno de los participantes extrae de ahí una conclusión incómoda para los relatos de pureza: España está genéticamente más cerca de Francia que de Italia, y ni se diga ya de Grecia.
El parentesco no acaba en el continente. Hay quien recuerda que las islas británicas fueron pobladas en parte por gentes de la península ibérica, lo que emparenta a españoles y británicos más de lo que sugiere cualquier tópico. Desde esta corriente, la identidad europea no se mide por el tono de piel ni por la forma de la nariz, sino por linajes que llevan milenios cruzándose sin pedir permiso a nadie.
El contraataque: el R1b también está en África
La refutación llegó por el flanco sur. El mismo haplogrupo R1b, se objeta, tiene presencia relevante en
Camerún, en África occidental, en su variante
V88. Si el R1b sirviera para demostrar europeidad, valdría igual para demostrar africanidad, lo que, a juicio de quien lo objeta, desmonta el argumento entero. La réplica es que las subclases no son equivalentes: el R1b español no pertenece a la misma rama que el germánico ni que el camerunés.
Aquí el análisis se atasca. Una parte sostiene que el haplogrupo únicamente señala linaje paterno y nada dice del fenotipo ni de la cultura. Otra responde que, precisamente por eso, usarlo para blanquear o para oscurecer a un país entero es una trampa. El debate se enreda en tecnicismos que ninguna de las dos partes domina del todo, y eso, lejos de zanjarlo, lo aviva.
¿Es España un país del sur de Europa?
Frente a las tesis racialistas, la postura más asentada es la geográfica. España es un país mediterráneo, del sur de Europa, con mucho en común con Portugal, Italia y Grecia. Europa, se argumenta, es un continente enormemente variado, y esa diversidad constituye su riqueza, no su defecto. Desde este punto de vista, obsesionarse con un ideal nórdico es un complejo importado que dice más del observador que del observado.
No faltó quien llevó el razonamiento al terreno político. Se apunta que quienes reivindican la europeidad de Cataluña arrastran el mismo complejo respecto a Europa que el resto de España, y que la cercanía con Francia no convierte a nadie en danés. La europeidad, en fin, como posesión discutida por todos y demostrada por nadie.
El fenotipo nórdico y el complejo de la periferia
Buena parte del rifirrafe giró en torno a un ideal estético muy concreto: el de la mujer rubia de ojos claros, presentado como la verdadera europea. Contra eso se levantó el argumento más sensato del día. Las españolas, afortunadamente, no responden a ese molde ni tienen por qué hacerlo, y distinguir a simple vista a una española de una italiana es una tarea imposible precisamente por eso. La diversidad del sur de Europa no es una anomalía; es la norma.
También salió a relucir la memoria histórica. Uno de los participantes remite a
Unamuno y a su supuesta vena africanista, entendida como defensa de la dimensión africana de España frente a su adscripción plena a Europa. El mismo interviniente sostiene que la identidad peninsular tiene raíces norteafricanas anteriores a cualquier relato europeísta, y que ignorarlo es hacer trampa histórica.
El dato que descoloca
Nadie discute que la población española no es homogénea y que el haplogrupo dominante no alcanza jamás el cien por cien. Tampoco que la genética de poblaciones es una ciencia seria con conclusiones modestas, muy lejos del uso identitario que se le quiere dar. El mismo marcador que emparenta a España con Irlanda y Francia la emparenta también, en otra rama, con poblaciones africanas.
Con esos mimbres, el cesto no cierra. Unos se quedan con el porcentaje, otros con la geografía, y bastantes con la sospecha de que el tema nunca fue la genética.