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“La riqueza no se concentra…
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La idea de que la riqueza se concentra porque se roba a quien trabaja, defendida por Irene Montero, plantea un debate sobre la creación de valor y la desigualdad económica.
La riqueza no es un pastel fijo que unos pocos se reparten a costa de los demás. Esa es, en esencia, la premisa que parece sostener Irene Montero cuando afirma que la concentración de la riqueza se debe a que se la roban a quien la trabaja. Una idea sencilla, sin duda, que conecta con una parte del electorado que busca explicaciones directas a la desigualdad. Sin embargo, esta visión simplificada choca frontalmente con la complejidad de la economía y las dinámicas de creación de valor.
Si aceptamos la premisa de que toda riqueza acumulada implica un robo, entonces cualquier persona que disfrute de lujos, desde un coche de alta gama hasta una vivienda de cierto tamaño, estaría, por definición, apropiándose indebidamente de lo que pertenece a otros. Esto genera una paradoja interesante para la izquierda. Cuando figuras públicas de este espectro político son señaladas por poseer bienes de lujo, a menudo la respuesta es que no hay razón para que solo la derecha pueda disfrutar de ellos. Pero, si la riqueza se genera únicamente a través del expolio, como sugiere la teoría, entonces un político de izquierdas que ostente un patrimonio considerable se encontraría en una posición insostenible. Sería, en esencia, un hipócrita, acumulando riqueza a través de métodos que predica combatir.
La reciente declaración de Irene Montero, señalando a los "superricos" como el problema fundamental, en lugar de las mujeres o los migrantes, se enmarca en un contexto político donde la retórica contra la desigualdad es una herramienta de movilización. Sin embargo, esta estrategia puede volverse en su contra si su propia situación económica entra en conflicto con su discurso. La necesidad de mantener un cierto nivel de vida, que incluye una vivienda y la educación de sus hijos, choca con la idea de que la riqueza se obtiene robando. Si Podemos, como organización, enfrenta una disminución de recursos y puestos, la lucha por mantener una posición privilegiada dentro del partido se vuelve crucial. La alternativa, para alguien acostumbrado a la vida política, podría ser un retorno a una realidad menos acomodada, algo que la política de partido, especialmente en formaciones con una ideología radical, a menudo promete evitar.
La idea de que la riqueza se concentra porque se roba a quien la trabaja implica que todos los ricos son, por defecto, ladrones. Esta afirmación, llevada al extremo, debería incluir a todos los ricos, independientemente de su ideología política. La cuestión se complica cuando intentamos definir quién es "rico". Si seguimos la lógica de Montero, y considerando que su salario como eurodiputada ronda los 135.000 euros anuales (una cifra muy superior a la media), su propia posición económica la situaría, bajo su propio criterio, en la categoría de "ladrona". La diferencia entre ella y otros ricos sería, entonces, una cuestión de escala: una "ladrona de medio pelo" frente a otros con mayor patrimonio.
Sin embargo, la realidad económica es más matizada. La acumulación de riqueza rara vez se explica únicamente por la disposición a corromperse o a robar. Existen otros factores, como la innovación, la inversión, la eficiencia productiva y la toma de riesgos calculados, que contribuyen significativamente a la generación de riqueza. La izquierda a menudo presenta una visión dual: la pobreza genera delincuencia, pero la riqueza es producto del robo. Esta dicotomía simplifica en exceso las complejas causas de la desigualdad y el éxito económico. La lucha de clases, un concepto central en el marxismo, ¿debería ser considerada un delito de odio? La retórica de Montero, que parece señalar a un amplio espectro de la población como "enemigos", plantea la duda de cuántos grupos quedan fuera de su crítica.
Uno de los errores fundamentales en el discurso que demoniza la riqueza es la suposición de que la economía opera bajo un sistema de suma cero. En este modelo, la riqueza total es fija, y lo que unos ganan, otros lo pierden necesariamente. Esto implicaría que la riqueza actual no es mayor que la de hace siglos, una idea fácilmente refutable. La historia demuestra que la economía es dinámica y expansiva. El socialismo, en sus diversas formas, a menudo ha demostrado la capacidad de empobrecer a la población, aunque sus líderes no siempre acumulen fortunas comparables a las de los capitalistas más exitosos.
Por el contrario, los países con mayores niveles de vida y prosperidad general son, de manera consistente, aquellos donde abunda la gente rica. No existe un país próspero sin una clase adinerada significativa. Países como Estados Unidos, pero también naciones escandinavas como Suecia, Noruega, Dinamarca o los Países Bajos, que se encuentran entre los que tienen un mayor porcentaje de millonarios por habitante, son también lugares donde la calidad de vida es notablemente alta. La correlación entre la presencia de riqueza y el bienestar general es un dato empírico difícil de ignorar.
La reciente distinción que parece hacer Irene Montero entre "ricos" y "superricos" sugiere una posible adaptación de su discurso. Si ella misma se encuentra en la categoría de "rica", podría estar buscando una nueva línea divisoria para evitar ser señalada. La estrategia de demonizar a un grupo para luego, quizás, ascender a una nueva categoría de "enemigos" (archi-ricos, turbo-ricos) es una táctica recurrente en ciertos discursos políticos. Lo importante es que, mientras la retórica se centre en la demonización y la división, la comprensión de los mecanismos reales de creación de riqueza y prosperidad queda en un segundo plano.
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Irene Montero dijo en 2017 que hay que limitar los mandatos de todos los cargos públicos porque «la gente acaba pensando en 'cómo mantenerse' y no en 'lo que tiene que hacer: representar a la gente'» Hace casi 10 años. https://t.co/revVuJmZ9A https://t.co/M8MwzZze5f pic.twitter.com/mXKc0DbLVD
— Chopenawer Ver publicación en X
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