La huerta no es rentable: el tiempo y el agua se comen el ahorro
La cuenta de la vieja dice que un huerto sale más caro que el supermercado. Y la cuenta de la vieja, esta vez, acierta. Durante 147 respuestas, un grupo de aficionados a la horticultura doméstica ha desmenuzado el mito del ahorro: entre el agua, los plantones, las herramientas y, sobre todo, las horas de trabajo, la verdura propia rara vez baja de precio. Otra cosa es que importe.
El cálculo más repetido es el del agua. En zonas de secano o con riego de pozo, el gasto es casi simbólico:
5 euros de gasolina para el motor de extracción pueden durar una temporada. Pero si toca pagar el recibo del grifo, la cosa cambia. «Si pagas el agua te van a salir las verduras más caras que en la tienda muchísimo más», sentencia un participante. La horquilla que se maneja para un huerto de temporada ronda los
100 euros de agua en los meses de riego, a lo que hay que sumar plantones, tierra y alambre de entutorar.
El tiempo, ese factor que nadie quiere valorar
El argumento estrella de los defensores del huerto es que el tiempo invertido no se cuenta porque es ocio. «El factor trabajo no lo cuento porque me lo paso pipa», resume alguien que cultiva 30 tomateras en 40 metros cuadrados. Bajo ese prisma, la actividad compite con el gimnasio o la psicoterapia, y sale ganando. «El que tiene huerta no le hace falta ni gimnasio ni psicólogo», zanja otro.
Pero cuando se pone precio a la hora, el relato se desmorona. Hay quien recuerda que un huerto mediano exige dedicación constante: quitar hierbas, revisar el riego, podar, cosechar. Y no siempre se traduce en comida. Un caso citado es el de un hortelano con
70 matas de tomate que perdió toda la cosecha por una tormenta de granizo y se pasó el verano comiendo gazpacho de bote. La rentabilidad, en ese escenario, es una entelequia.
Plagas, animales y malas hierbas: el coste oculto
El primer año suele ser engañoso. La tierra virgen produce sin grandes sobresaltos, pero a partir de la segunda temporada llegan los problemas. «El problema de las plagas se acentúa con el tiempo», advierte un hortelano experimentado. Ácaros, pulgón, hongos y roedores se suman a la fiesta. Sin herbicidas ni pesticidas, las pérdidas pueden ser notables.
La fauna local también pasa factura. En zonas de secano, conejos y perdices pueden arrasar un cultivo en días. Y no falta quien recuerda que en determinadas áreas la inseguridad obliga a cercar el terreno. El coste de la valla, la caseta y el sistema de riego se amortiza a lo largo de años, pero la inversión inicial desanima a más de uno.
La calidad como argumento: lo que no se mide en euros
Donde el huerto gana por goleada es en el sabor. «Para comprar hortalizas de esa calidad te tendrías que dejar un pastizal», señala un participante. Los tomates de verdad, los que huelen a tomate, no se encuentran en las estanterías del supermercado. Y menos aún a precio de saldo. Ese diferencial, difícil de cuantificar, es el que mantiene a muchos enganchados a la azada.
A ello se suma la soberanía alimentaria. Con los precios de los alimentos disparados, depender menos del frutero tiene su aquel. «Con el hostión hacia arriba que han pegado los precios, no está nada mal poder depender algo menos», apunta alguien. La huerta no sustituye la compra semanal, pero complementa.
Gallinas, compost y el círculo virtuoso
La conversación derivó hacia los complementos: gallinas, compost, asociación de cultivos. Un par de gallinas pueden aportar huevos, abono y control de plagas. «Son uno de los mejores complementos para la huerta», asegura un participante. El gallinero móvil, que se traslada para abonar distintas parcelas, es una técnica que gana adeptos.
El compostaje de restos orgánicos y poda cierra el ciclo. Quien recicla, apenas gasta en abonos. La clave está en no tratar el huerto como un monocultivo industrial, sino como un ecosistema. «En la naturaleza no hay plagas porque hay diversidad», recuerda un hortelano. Asociar plantas, rotar cultivos y aprovechar los recursos locales reduce costes y trabajo.
El veredicto: no es rentable, pero da igual
La conclusión que se extrae de tantas experiencias es que la huerta no compite en precio con el supermercado. Ni de lejos. Pero tampoco pretende hacerlo. «¿Es rentable salir de cañas o de putas?», pregunta con retranca un participante. El ocio no se mide en euros. Y la huerta, además de entretener, produce comida, ejercicio y relaciones sociales.
El que busque ahorro puro y duro, que se lo piense. El que busque algo más, ya tiene la azada preparada. Como resume una sentencia china citada al final: «Si quieres ser feliz toda la vida, ten un huerto».