Trump y Hitler: por qué la comparación agota a quien la usa
Cada cierto tiempo, la política estadounidense vuelve a cruzar el charco convertida en un eco de los años treinta. La pregunta «¿es Trump el nuevo Hitler?» reaparece con la misma insistencia con la que se apaga: no hay consenso, no hay pruebas nuevas y, sin embargo, el paralelismo se ha convertido en el atajo mental más socorrido para explicar lo que pasa en Washington. El planteamiento original no era una broma: ambos llegaron al poder por elecciones democráticas, ambos lo hicieron en medio de crisis económicas y de valores, ambos prometieron lo mejor para su gente y ambos han entendido la guerra como una extensión de la política.
La comparación, sin embargo, se rompe en cuanto se baja al detalle. Quien la sostiene se apoya en el método —el uso del ejército más potente de su época, los pactos que se rompen cuando conviene, el desprecio por los contrapoderes— y no en el resultado. Quien la rechaza responde con un argumento que no necesita datos:
Trump no ha bombardeado más que Obama o Biden. La discusión se atasca exactamente ahí, en si el parecido está en lo que se hace o en lo que se podría llegar a hacer.
El argumento que se apoya en el método, no en los hechos
La tesis del nuevo Hitler no se sostiene sobre una lista de crímenes, sino sobre una lista de parecidos formales. Los seis puntos que abrieron el planteamiento —elecciones, crisis, promesa de grandeza, guerra como política, ejército hegemónico, pactos rompibles— son todos ciertos por separado y ninguno es exclusivo de un dictador. Cualquier presidente de una potencia en crisis los cumple. El problema es que la suma de seis lugares comunes no da un Hitler: da un presidente.
Hay quien sostiene que el verdadero parecido está en el uso del poder blando. La coalición internacional que debería frenarle existe, pero se desactiva antes de formarse: al que asoma la patita se le da un golpe y, acto seguido, se le ofrece un acuerdo ventajoso. Es difícil negarse a entrar en ese juego cuando el tablero —las redes sociales, los mercados, los tratados— está en buena parte bajo control. La crítica no es que Trump sea Hitler, sino que hace innecesario que exista otro Hitler.
La respuesta más repetida a todo esto es la falacia
ad hitlerum: si todo lo que no gusta se llama Hitler, la palabra deja de significar algo. Y cuando deja de significar algo, el que la usa se queda sin argumento. La comparación no solo es exagerada: es perezosa.
El negocio como ideología: la lectura económica
La objeción más sólida a la tesis del nuevo Hitler no es histórica, es económica. Según una lectura que circula en el debate, Trump no tiene ideología política, tiene cartera. Lo que parece nacionalismo sería un envoltorio para vender acciones a los que le siguen y que se lo consientan todo. La política exterior se explicaría por el petróleo, no por la raza. La política interior, por el negocio, no por la pureza.
Esta lectura tiene una consecuencia incómoda para sus defensores: si todo es negocio, el patriotismo es marketing. Y tiene otra igual de incómoda para sus críticos: un hombre de negocios no necesita campos de concentración para hacer daño. Le basta con desmantelar los contrapoderes desde dentro, que es más barato y más difícil de juzgar.
La comparación con Hitler también falla en el plano militar. Quien la hace suele olvidar que Alemania no era la primera potencia militar de su época: Francia y, sobre todo, la URSS la superaban. Japón tenía una economía diez veces menor que la estadounidense y, aun así, sostuvo una guerra larga. El paralelismo histórico exige ignorar la mitad de la historia.
El chivo expiatorio y la pregunta que nadie quiere responder
El punto donde la comparación se vuelve más incómoda es el del chivo expiatorio. Todo líder en crisis necesita a alguien a quien culpar, y la comunidad latina ha quedado en el centro del discurso. La pregunta que sobrevuela el asunto —si existe o no una «solución final» para los latinos— no tiene respuesta en los hechos, solo en los temores. Y los temores, por definición, no son pruebas.
La discusión se enreda además con una cuestión de fondo que trasciende a Trump: si el comunismo y el capitalismo son dos caras de la misma moneda, y si el nacionalismo puede ser a la vez obrero y excluyente. Son debates viejos que la figura de Trump reaviva sin resolver.
Dónde se atasca el análisis
La comparación con Hitler tiene una función terapéutica: ordena el miedo. Pero no explica nada. Según un participante, Trump no ha hecho, hasta la fecha, nada que no hayan hecho sus predecesores; lo que ha hecho es decirlo sin complejos. La diferencia entre un presidente que hace lo mismo y otro que lo anuncia a gritos no es una diferencia de régimen, es una diferencia de estilo.
El análisis se atasca justo ahí: en si el peligro está en lo que se hace o en lo que se dice. Quien mira los actos, no encuentra el Hitler. Quien mira el discurso, no encuentra otra cosa. Y mientras tanto, la pregunta sigue circulando, más útil para descalificar al adversario que para entender lo que pasa.