Trump convierte su mandato en un circo que arrastra a la derecha europea
En apenas un mes de mandato, Donald Trump ha pasado de prometer una presidencia disruptiva a protagonizar un espectáculo que, según una parte de sus propios simpatizantes, está empezando a contaminar a toda la derecha europea. La lista de episodios es larga: la ocurrencia de convertir Gaza en un resort de lujo en el Mediterráneo, los aranceles a tutiplén, el acercamiento a Putin, el choque con Canadá y Groenlandia y la retirada de tropas norteamericanas de Europa. El diagnóstico que circula entre lectores que hasta hace poco defendían a Trump es que el histrionismo se ha desbocado y que la derecha del continente empieza a recular para no quedar pegada a sus gilipolleces.
La crítica no viene de la izquierda. Viene de gente que votaría a Trump mañana. «Da vergüenza ajena y está perjudicando a toda la derecha que estaba avanzando con buen pie en Europa», resume el arranque del asunto. El problema, sostienen, no es el fondo de algunas medidas, sino el formato: un presidente que desde el cargo institucional sigue hablando como en campaña, mezclando medias verdades con salidas de tono que obligan a sus aliados a elegir entre aplaudir o apartarse.
El desmantelamiento de la USAID y el relato de la propaganda
Uno de los frentes que más ha agitado la conversación es el desmantelamiento de la USAID, la agencia de cooperación estadounidense. Hace dos semanas, según varios de los intervinientes, casi nadie sabía qué era. Ahora se ha convertido en el argumento repetido hasta la saciedad por el trumpismo para justificar el giro. La acusación de fondo es que la agencia funcionaba como una central de propaganda del progresismo, comparable a lo que Rusia Today es para Moscú.
La respuesta no se hizo esperar: «Toda la subnormalada que no tenía ni puta idea de lo que era USAID hace una semana, ahora no se la quitan de la boca, como el palillo». La sospecha de que existe un equipo de mensajes sincronizados que reparte el argumentario semanal recorre buena parte de las intervenciones. Y hay quien va más allá: «De aquí a unas semanas los mensajes de estos cesarán abruptamente al no llegar ya la pasta de la USAID, vais a tener que buscar un trabajo de verdad».
El debate, sin embargo, no es solo sobre la agencia. Es sobre quién paga el relato. Una parte sostiene que el wokismo que ha inundado Europa en la última década salió de las universidades estadounidenses, no de Moscú, y que ahora Washington simplemente ha dejado de financiarlo. Otra parte responde que el wokismo es una excusa y que lo que está en juego es el control de las instituciones europeas, donde se han llegado a anular elecciones cuando el resultado no gustaba.
Vance, Ucrania y el rearme del consenso socialdemócrata
El episodio que más ha dividido a la derecha es la irrupción de JD Vance en la escena europea. Para unos, es el ejemplo de que Estados Unidos vuelve a defender sus intereses sin complejos. Para otros, es el arquetipo del «paleto yanki chovinista» que desprecia abiertamente a los europeos. La acusación más repetida es que Vance no pidió perdón por la ideología woke que, según esta lectura, Washington ha estado imponiendo en Europa hasta hace dos meses.
El efecto colateral es paradójico. La posibilidad de una coalición de derechas en Alemania entre la CDU/CSU y AfD, que parecía al alcance, se ha esfumado. «Los trumpitos están rearmando ideológicamente a un consenso socialdemócrata que ya parecía muerto», sostiene uno de los análisis más citados. El paralelismo es explícito: igual que la invasión rusa de Ucrania resucitó a la OTAN, el circo trumpista está reanimando a la socialdemocracia europea.
En el capítulo ucraniano, la fractura es total. Hay quien defiende que Trump ha hecho lo que nadie se atrevía: intentar detener la guerra en Europa. Y hay quien recuerda que Estados Unidos ya ha amortizado a Ucrania y a Europa, y que el único mérito es haber evitado un enfrentamiento directo con Rusia que la administración anterior parecía dispuesta a asumir. La cifra que sobrevuela la discusión es la del millón de ucranianos muertos.
El coste de gobernar como si se estuviera en campaña
La crítica más incisiva no es política, es de comportamiento. «Uno no se comporta igual con sus amigos que con sus padres. Uno no se comporta igual de fiesta el sábado noche que durante la semana en la oficina». El argumento es que un presidente puede permitirse un lenguaje chulesco en campaña, pero no desde el Despacho Oval. Decir que Zelensky empezó la guerra y que Putin es un interlocutor razonable no es una salida de tono, es una política exterior.
El paralelismo con la antigua Roma y el Foreign Office británico aparece en varias intervenciones: allí también había hijos de puta en la sombra manejando los hilos, pero con cierta profesionalidad. Lo de Washington, sostienen, se parece más a berrinches de dictador consentido que a política meditada. Y el miedo recurrente es que a Trump le pase como a Biden y el cargo acabe en manos de su vicepresidente.
La cuestión de fondo es si el circo es una táctica o un síntoma. Hay quien cree que Trump esconde con histrionismo un miedo real a China y que juega una partida de póker. Hay quien cree que simplemente es un Jesús Gil con acceso a la nuclear. Y hay quien, desde el otro lado, sostiene que lo que está haciendo es poner fin al circo de «defender los valores occidentales» y cerrar una guerra que se estaba llevando por delante a Europa.
Qué queda de la derecha europea tras el espectáculo
El resultado, a la fecha de esta discusión, es una derecha europea que no sabe si abrazar o esquivar a Trump. Los que lo abrazan quedan pegados a sus salidas de tono. Los que lo esquivan pierden el impulso que les dio su victoria. Y en medio, una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que pasa en Europa se decide en Washington y cuánto en Bruselas?
La respuesta más repetida es que el circo ya existía antes y que solo ahora algunos se han dado cuenta. La más incómoda es la que apunta a que el problema no es Trump, sino la falta de alternativa. Con estos mimbres, el cesto lo carga quien menos lo merece.