Vinted, el mercadillo digital que no paga IVA en España
Comprar ropa de segunda mano ha dejado de ser cosa de un nicho apretado y se ha convertido en una maniobra de guerra contra el precio de las cosas. Vinted, la plataforma lituana de compraventa de prendas usadas, es hoy el sitio donde un jersey de
Scotch&Soda sin etiquetas se coloca por
8 euros y donde dos pares de pantalones que llevaban
cuatro años anunciados sin éxito despertaron el interés de compradores en menos de un día y acabaron vendidos en menos de un mes. El fenómeno admite dos relatos opuestos: el de quien lo ve como un
hack brutal al sistema y el de quien sospecha una pieza más del engranaje globalista.
Según sostienen varios participantes, cada compraventa entre particulares esquiva el IVA. Un jersey de 8 euros no llevaría ese impuesto incrustado en el precio porque nadie lo está vendiendo como negocio, sino como alguien que se desprende de lo que ya no usa. La diferencia con la tienda tradicional no es de matiz: es de naturaleza fiscal. Y ahí empieza la primera trinchera del asunto.
¿Se paga IVA al comprar ropa de segunda mano entre particulares?
No, y ese es justo el argumento que sostiene buena parte de la discusión. Cuando una persona vende un objeto que ya usó, no está ejerciendo una actividad económica y no repercute impuesto alguno. El ahorro frente a comprar nuevo no es solo el margen del comercio, es también el tributo que nunca se ingresa. Hay quien lo lee como una laguna legal inofensiva y hay quien lo interpreta como una fuga estructural: cada euro que no pasa por caja es un euro que ningún gobierno recauda.
A esto se suma la sede de la empresa. Vinted opera con domicilio fiscal en
Lituania, no en España, de modo que la recaudación asociada a su actividad no engorda precisamente las arcas nacionales. El cálculo exacto de cuánto se deja de ingresar por esta vía no aparece desglosado en ninguna parte, pero el principio queda claro: el ahorro del comprador y el hueco del fisco son la misma cosa vista desde dos lados.
Por qué Vinted funciona donde Wallapop se atasca
La comparación entre plataformas es el segundo frente. Las prendas que en una aplicación llevaban
cuatro años sin moverse despertaron interés en la otra en menos de un día y encontraron comprador en menos de un mes. La diferencia no está en el producto, sino en el comprador: buena parte de los interesados llegan de Francia, negocian con educación y no regatean a la mitad sin saludar. El mercado transfronterizo y el envío por correo cambian las reglas, y quien vende ropa lo nota.
El mercadeo de toda la vida, pero en versión digital, resume con retintín una de las descripciones que circulan.
El sistema de envíos tiene su pega. Cuando lo que se ingresa apenas cubre el porte, la operación pierde sentido, y hay quien directamente descarta moverse por menos de lo que cuesta un café. La entrega en mano no siempre aparece como opción al publicar, lo que empuja todo hacia la logística postal y hacia una clientela acostumbrada a ella.
El negocio que hay detrás del trapo usado
No es una moda espontánea ni un invento reciente.
Chicfy, la plataforma española de compraventa de ropa, operaba desde
2013 y hace un par de años pasó a manos de Vinted. La consolidación del sector no viene de un puñado de particulares con el armario lleno, sino de una industria que ha entendido que el residuo textil tiene mercado y que ese mercado se puede ordenar, cobrar y escalar.
Detrás de la operación hay también un negocio de datos y de tráfico: aplicaciones instaladas, notificaciones al móvil, gente que revisa anuncios a todas horas. La adicción que algunos describen —comprar una o dos prendas en rebajas, una en cada web— no es un efecto secundario, es el modelo.
Del armario compartido al relato conspiranoico
Como todo lo que crece rápido, el fenómeno arrastra sus propias leyendas. Una parte del análisis lo enmarca en una supuesta agenda globalista que empujaría al ciudadano a consumir menos y a compartir más, con la etiqueta de lo ecológico como coartada. La acusación no está respaldada por prueba alguna, pero circula: el consumo de segunda mano sería el disfraz presentable de una pobreza que se vende como virtud.
Hay un capítulo aparte, más incómodo, que conviene mencionar de forma genérica. Se habla de compradores que adquieren prendas íntimas usadas con fines que nada tienen que ver con la moda, y de vendedoras que reciben proposiciones al margen de lo que anuncian. Es una sombra del mercado, no su centro.
El argumento de la durabilidad y el de la higiene
Frente a la fiebre compradora, otra corriente defiende lo contrario: usar la ropa hasta que se desintegra, estirar cada prenda una década y no vender nada. Para esa parte, la segunda mano no es ahorro, es un mercado de trapos gastados que dan grima. Y un tercer grupo admite que el esfuerzo no compensa cuando la ganancia se queda en cinco o diez euros.
La higiene es el otro campo de batalla. Lo que para unos es simplemente ropa lavada, para otros conserva una carga simbólica que ninguna colada elimina. La discusión, llevada al extremo, acaba comparando una prenda de segunda mano con las sábanas de un hotel o los cubiertos de un restaurante, y ahí ya no se habla de ropa, se habla de manías.
Con estos mimbres, lo razonable sería esperar que el mercado de segunda mano siga comiendo terreno al comercio tradicional. No hay señales de que vaya a parar. Pero la línea que separa el ahorro inteligente de la economía sumergida es tan fina que conviene no perderla de vista: el día que alguien ponga cifra al agujero fiscal, la fiesta puede cambiar de dueño.