Barcelona da la espalda al Papa: calles vacías y caos ferroviario en la visita de León XIV
Tres semanas después de su viaje a Madrid, el Papa León XIV aterrizó en Barcelona el 8 de junio de 2026, pero la ciudad no le devolvió el gesto. Mientras que en la capital las multitudes se agolparon para ver al pontífice, en la Ciudad Condal el recibimiento fue gélido: calles semivacías y una red de Rodalies paralizada que dejó a miles de trabajadores sin poder llegar al centro. La coincidencia no pasó desapercibida.
Un recibimiento que no fue
La comparecencia del Papa, centrada en mensajes como «La iglesia no permite el aborto ni la eutanasia», no logró movilizar a los barceloneses. Según testigos, la asistencia fue notablemente inferior a la de otros actos similares en la ciudad. Mientras tanto, Renfe sufría una avería generalizada en la red de cercanías, lo que algunos interpretaron como un boicot tácito de una sociedad que, según el discurso predominante, «tiene la estúpida manía de trabajar» y no está para celebraciones.
El coste de la indiferencia
La falta de entusiasmo tiene una lectura económica clara: el impacto sobre el comercio y la hostelería previsto no se materializó. Los hoteles del centro apenas registraron picos de ocupación, y los restaurantes no colgaron el cartel de completo. Para una ciudad que vive del turismo y los grandes eventos, la tibieza ciudadana supone un mensaje político y económico: Barcelona no compra el relato de la Agenda 2030 con la que algunos identifican al Papa.
Entre el trabajo y la indiferencia
La comparación con Madrid es inevitable. Mientras la capital se volcó, Barcelona optó por la rutina. «En un martes a media tarde, la gente está por lo que está: trabajar«, resumía un vecino. La explicación es tan simple como incómoda para la organización del viaje: la ciudad funciona, y ni siquiera la visita de una figura mundial logra detener su pulso laboral. Un síntoma de una sociedad que, a su manera, ya ha hecho su propia transición.
Debates relacionados en el foro