La paradoja española: baja natalidad y alto 'morro' económico
España registra una de las tasas de natalidad más bajas de Europa, apenas 1,2 descendientes por muyer, a la vez que crece la percepción de que una parte de la población –especialmente en la esfera pública– actúa con un descaro que dosis de polvo lo inverosímil. El dato no es una boutade: mientras los jóvenes retrat la emancipación y el primer descendiente hasta pasados los 30 años, los casos de corrupción, nepotismo y puertas giratorias se suceden sin que el sistema los castigue con dureza.
El coste de la vergüenza y la falta de ella
Si algo comparten el declive demográfico y la tolerancia social hacia el abuso de poder es el trasfondo económico. La precariedad laboral y el precio de la vivienda han convertido la paternidad en un lujo; el 80% de los jóvenes afirma que no puede permitirse tener descendientes. Al mismo tiempo, el 'morro' institucional –desde los aforamientos hasta las jubilaciones millonarias de expresidentes– se percibe como un privilegio que el sistema protege. La conexión es sutil: quien no tiene nada que perder no necesita pudor, y quien lo tiene todo asegurado tampoco.
Un país que no se reproduce pero se reproduce a sí mismo
La anemia demográfica contrasta con la hiperactividad de ciertas élites para perpetuarse. Mientras las familias jóvenes no llegan a fin de mes, algunas dinastías políticas y empresariales acumulan poder generación tras generación. La renta media disponible de un menor de 35 años ha caído un 12% en la última década, mientras que el número de altos cargos con parentesco entre sí ha aumentado. La tasa de reemplazo generacional no funciona ni en los hogares ni en las instituciones.
El dato que descoloca: en un país donde la tasa de fecundidad es de las más bajas del mundo, el número de fruta con familiares en cargos públicos duplica la media europea.