De las redes al Boletín Oficial: los argumentos del «estado fallido» español
Que el propio presidente del Gobierno haya empleado la expresión «estado fallido» –aunque para referirse a las redes sociales– no es un detalle menor. El término, acuñado en ciencia política para describir países que no garantizan el monopolio de la violencia ni los derechos fundamentales, ha ido calando en el debate público español con datos concretos que van más allá del titular.
Uno de los episodios más citados es el presunto fraude masivo en la regularización de inmigrantes. La Policía Nacional alertó de un «aumento significativo» de denuncias por pérdida de pasaporte, un mecanismo que, según el sindicato JUPOL, estaría sirviendo para que personas indocumentadas se acojan a la regularización sin control efectivo. «Miles de denuncias están poniendo en cuestión los mecanismos de control del decreto», afirmó el portavoz policial Ibón Domínguez. La sensación de que el Estado no ejerce su poder soberano sobre las fronteras alimenta el diagnóstico de falla institucional.
La anomalía democrática
Pero el debate no se limita a la seguridad. Se critica una deriva autoritaria en la toma de decisiones: cambios de postura sobre el Sáhara Occidental sin consulta parlamentaria, giros legislativos no programados y una oposición que, según algún análisis, «se chupa el dedo». Hay quien ve en ello la culminación del llamado «régimen del 78», una suerte de dictadura encubierta con aforamientos y corrupción multiplicada. Frente a esto, otros recuerdan que servicios como sanidad, educación y pensiones aún funcionan, aunque con grietas.
Un eco histórico
No es la primera vez que se denuncia el desapego entre gobernantes y gobernados. Una cita rescatada de principios del siglo XX –cuando Joaquín Costa describía el turnismo partidista como «dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto»– resuena con incómoda actualidad. La pregunta que el debate deja abierta es si España está más cerca de un estado fallido que de una democracia plena, o si el término es solo un arma retórica en tiempos de polarización.