The Economist corona a España y el bolsillo no lo nota
¿Cómo es posible que la revista que mejor mide el pulso económico del planeta ponga a España a la cabeza de la OCDE en 2024 y, al mismo tiempo, el ciudadano que empuja el carro en la caja del supermercado sienta que le están tomando el pelo? La respuesta corta: porque no se mide lo mismo. El PIB crece, el
empleo se sostiene, la inversión extranjera llega. Pero cuando se baja al detalle —salarios en paridad de poder adquisitivo, coste de la cesta, alquileres— el brillo se apaga.
El titular de The Economist es real; la letra pequeña también.Qué dice exactamente el ranking de The Economist
El semanario británico sitúa a España como la mejor economía de la OCDE en 2024, un reconocimiento que el Gobierno ha convertido en bandera. Los indicadores que sostienen esa medalla son varios: crecimiento del PIB, evolución del empleo, comportamiento de la bolsa y descenso de la inflación subyacente. Sobre el papel, un cuadro impecable.
El problema es que
ese PIB se apoya en patas que no siempre llegan al bolsillo del trabajador. El turismo aporta en torno al 13% del PIB español, cinco puntos más que en Francia, el país más visitado del mundo. Y el gasto público tira del carro: en el tercer trimestre de 2024, el 56% del crecimiento del 0,83% vino del consumo público, no de la iniciativa privada. Una economía que crece porque el Estado gasta más no es lo mismo que una economía que crece porque las empresas producen más y mejor.
Por qué el PIB sube y los salarios no
La crítica más repetida es la de los salarios en paridad de poder adquisitivo. El argumento es que
no solo no han subido, sino que han bajado en términos reales. El SMI sube, sí, pero el salario medio se estanca o retrocede. El resultado es una banda salarial cada vez más estrecha y una clase trabajadora que, con un sueldo medio, no puede alquilar una habitación en muchas capitales.
Hay quien señala que la política migratoria ha ampliado la base de trabajadores disponibles, lo que presiona los salarios a la baja. Es una tesis que circula con fuerza en los análisis críticos, aunque no está exenta de debate entre economistas. Lo que sí es un hecho es que
los costes laborales para las pymes han subido un 18,1% desde 2019, según datos que maneja Cepyme, y que los concursos de acreedores entre pequeñas y medianas empresas han marcado récord.
El agujero que no sale en los titulares
Debajo del escaparate hay una montaña de deuda. La deuda pública supera el 90% del PIB en los primeros seis meses del año, según los datos remitidos a Bruselas.
La Seguridad Social ha disparado su deuda un 233% desde la llegada de Sánchez. Y el déficit de caja no financiero alcanzó los 43.200 millones de euros solo en julio de 2024, según la IGAE.
El cálculo más incómodo es el de los compromisos de pensiones. Hay quien estima que la deuda real del sistema, sumando lo que se debe a los cotizantes vivos, oscila entre 5 y 7 billones de euros.
Cifra que, comparada con el billón y medio oficial, da mareo. El sistema no está quebrado porque nadie ha presentado la factura completa. Todavía.
El truco estadístico que nadie quiere mirar
El INE confirmó que parte del crecimiento del PIB de 2021 se debió a la inclusión de actividades como el consumo de drogas y la prostitución en el cálculo. Es una práctica homologada en Europa, pero el efecto óptico es demoledor:
la economía española crece, en parte, gracias a lo que no se declara. A eso se suma que el crecimiento de 2024 se ha apoyado en los fondos de recuperación europeos, dinero emitido por el BCE que ha financiado obra pública y empleo público.
La pregunta que sobrevuela todo el análisis es sencilla: si el PIB crece, el empleo aguanta y la deuda se dispara, ¿quién paga la fiesta? Los datos apuntan a que la respuesta está en el bolsillo del contribuyente.
En octubre, Hacienda recaudó cerca de 50.000 millones de euros, un récord histórico. La maquinaria fiscal no descansa.
El relato oficial y el relato de la caja del supermercado
El Gobierno tiene un titular de prestigio internacional. La oposición tiene la cesta de la compra. Y en medio, un país que crece en las estadísticas mientras una parte creciente de su población
llega a fin de mes con más apuros que antes. España lidera el índice de pobreza en Europa, según los datos que se manejan en el debate. No es una contradicción menor: es la prueba de que el crecimiento agregado y el bienestar distribuido son dos cosas distintas.
La paradoja es que
The Economist no se equivoca al medir lo que mide. Mide PIB, empleo, inflación, bolsa. Y en eso, España va bien. Lo que no mide es si ese crecimiento se traduce en vidas más dignas. Eso no sale en el ranking. Sale en la caja del supermercado, en la nómina a fin de mes y en el recibo del alquiler. Y ahí, la medalla pesa menos.