Turismo en España: el debate ya no es cuántos vienen, sino a costa de qué
España es el segundo país del mundo que más visitantes recibe, con 96,8 millones de turistas internacionales según la Organización Mundial del Turismo. Y aun así, el debate público ya no gira en torno a cómo superar la próxima barrera, sino a si merece la pena hacerlo. El punto de inflexión lo marcó la publicación en El Mundo del artículo «España no necesita más turistas», que sostiene que contar personas ha dejado de ser una forma inteligente de medir el éxito.
El espejismo de las cifras
Los datos objetivos impresionan. El turismo aporta 200.699 millones de euros, el 12,6% del PIB, y sostiene 2,7 millones de empleos, el 12,3% del total. Cualquier Gobierno pensaría que tiene entre manos su joya de la corona. Pero el mismo sector que presume de ocupación al 100% es incapaz de ofrecer vivienda a los trabajadores que lo hacen posible. La paradoja se repite en Málaga, Benidorm, Ibiza y Barcelona: quienes sirven mesas no pueden permitirse vivir en el barrio donde trabajan, porque los pisos se han convertido en alojamientos turísticos. Los alquileres de Airbnb y las compras de vivienda por extranjeros para uso vacacional expulsan a los residentes al extrarradio.
- 200.699 millones de euros: aportación del turismo al PIB.
- 2,7 millones de puestos de trabajo, el 12,3% del empleo.
- 96,8 millones de turistas internacionales en España.
- 105 millones de visitantes previstos para este año.
El límite invisible del crecimiento
Hay quien pone números al problema. El límite de sostenibilidad se sitúa en 80 millones de turistas, y este año la previsión ronda los 105 millones. Superar esa frontera no solo colapsa infraestructuras y servicios, sino que degrada la experiencia del propio visitante. La comparación que se repite es la de Silicon Valley frente a San Pedro de México: el primero genera tecnología, el segundo vive del turismo improvisado. La pregunta incómoda es si España quiere seguir siendo el gran parque temático de Europa o intentar producir algo más que sol, paella y sangría.
Propuestas contra el turismo de usar y tirar
Entre las soluciones que circulan, la más recurrente es limitar la compra de vivienda a extranjeros que no demuestren residencia habitual o arraigo. También se plantea regular los alquileres turísticos, perseguir los pisos ilegales que las mafias desprecintan en Barcelona y aplicar sanciones ejemplarizantes a los infractores. Otra corriente propone atraer turismo de élite en lugar de volumen, aunque los críticos recuerdan que el visitante de alto poder adquisitivo también tensiona los precios. Y una línea más radical defiende diversificar la economía con inversión industrial, como las fábricas chinas que ya se instalan en Puerto Real. Pero choca con una realidad incómoda: los trabajadores de esas plantas también necesitan vivienda, y los pisos seguirán en Airbnb.
El choque de relatos
El debate, como casi todo en España, acaba politizándose. Para unos, la turismofobia es una cortina de humo para desmontar el único sector pujante que queda tras años de desindustrialización. Para otros, la defensa a ultranza del turismo esconde un modelo depredador que convierte a los residentes en actores secundarios de su propia ciudad. En medio queda la pregunta que ningún dato resuelve: ¿se puede repartir la riqueza del turismo sin destruir los lugares que lo hacen posible?
El análisis se atasca exactamente ahí. España necesita los ingresos, pero también necesita que sus ciudades no se conviertan en decorados para visitantes. Hasta que alguien cuadre ese círculo, la contradicción entre el PIB y el barrio va a seguir alimentando el debate.