España arde y a muchos les da igual: la fractura social tras los incendios
Esta semana, varios incendios masivos arrasan Madrid, Ávila, Guadalajara y Aragón. Mientras los medios claman consternación, en las zonas afectadas emerge una corriente de indiferencia que desconcierta: «España se quema y a mí me suda la polla». No es simple insensibilidad; es la expresión de un hartazgo que lleva años gestándose.
El 70% del monte es privado y nadie lo gestiona
Entre los datos que flotan en la conversación destaca uno: el 70% de los bosques españoles son de propiedad privada. Lo que arde no es la «selva virgen», sino plantaciones de pino que se empezaron a sembrar en los años 40, cuando el país quedó pelado. Para muchos, el drama mediático choca con la realidad de que esos terrenos tienen dueño, seguro y, a menudo, una rentabilidad que justifica su existencia. «Si a uno se le quema el taller no se monta un drama», argumentan. La pregunta incómoda es si el ruido cada verano oculta intereses más que dolor genuino.
Regulaciones que atan las manos al que cuida el monte
La lista de prohibiciones es larga: no recoger piñas del suelo, no cortar cañas, no desbrozar sin permiso. Quienes viven en el entorno rural llevan años denunciando que la burocracia impide la prevención. Cuando llegan las llamas, las mismas administraciones que prohibieron limpiar el sotobosque exigen desalojos exprés. «Te obligan a abandonar tu casa, hayas prevenido o no, para que las llamas tengan paso libre y se lo coman todo», resume un afectado. La sensación de abandono institucional alimenta la ira.
De la indignación a la catarsis: el fuego como purificación
El discurso que circula en algunos círculos va más allá: «Ojalá crezcan en extensión», «fuego purificador». Es difícil de digerir, pero revela una desafección profunda. No es que quieran ver arder su propia casa, sino que interpretan el desastre como castigo para un sistema que perciben como hostil. Un usuario lo expresó así: «Me percibo como una vaca lechera a la que todos ordeñan».
El dato que descoloca
En medio de la polémica, surge una reflexión que desarma: los pinos, que arden con facilidad por su resina, son los primeros en rebrotar. «El monte no se queda negro para siempre», recuerdan. Pero el problema no es ecológico sino social: el 70% de la masa forestal es privada y la gestión está en manos de una burocracia que nadie controla. Mientras tanto, las llamas avanzan y la brecha entre el relato oficial y la realidad rural se ensancha.