España lidera los trasplantes con 46,9 donantes por millón
En 2017 España volvió a batir su propio récord:
2.183 donantes y 5.259 trasplantes, una tasa de 46,9 donantes por millón de población que deja atrás la media europea (21,5) y la estadounidense (30,8). Es el vigésimo sexto año consecutivo en cabeza mundial. Detrás del dato, la misma discusión incómoda que reaparece cada enero: ¿funciona el sistema por la solidaridad de la sociedad o por lo que se mueve alrededor de quien extrae los órganos? La polémica no es nueva. Cada récord la reaviva con más cifras a favor y más preguntas sin respuesta.
El balance de 2017: más trasplantes y menos lista de espera
Los números son difíciles de discutir. Se realizaron
3.269 trasplantes renales (+9%), 1.247 hepáticos (+8%), 363 pulmonares (+18%), 304 cardíacos (+8%), 70 de páncreas (−4%) y ocho intestinales. La lista de espera bajó de 5.480 pacientes a finales de 2016 a 4.896 al cierre de 2017, de los que 74 eran niños, y se practicaron 140 trasplantes infantiles. La tasa de donación ha crecido un 30% en tres años y las negativas familiares cayeron al 12,9% —6,5% entre los donantes por parada cardíaca—, mínimo histórico. Todas las autonomías superan los 35 donantes por millón; nueve rebasan la media nacional y cuatro pasan de 70. Cantabria lidera con 74,1. Y uno de cada cinco órganos, el 21,9%, se implanta en una comunidad distinta a la del donante.
Los incentivos a médicos que el balance oficial no detalla
Aquí empieza el terreno resbaladizo. Circula la versión de que el trabajo de trasplantes —cirujanos, ayudantes, enfermería— se factura aparte de la actividad ordinaria, y varias voces del entorno sanitario sostienen que ese plus convierte la extracción en un negocio y no en un
gesto solidario. Se habla incluso de equipos que recorren las plantas buscando el consentimiento de familiares en duelo. Son acusaciones graves que, tal como se plantean, no cuentan con ninguna resolución judicial que las respalde ni con datos auditados sobre complementos retributivos. Lo que admite menos discusión es la arquitectura: la Organización Nacional de Trasplantes atribuye el récord a una red de coordinadores hospitalarios, alertas y protocolos de detección con décadas de rodaje. También al envejecimiento del donante: el
54,6% supera los 60 años, el 30% pasa de 70 y un 9% de 80.
Asistolia: 573 donantes y la frontera de la muerte
En 2017,
573 donantes procedían de asistolia —parada cardíaca—, un 16% más, y ya representan el 26% del total. El procedimiento consiste en retirar el soporte vital y esperar a que el corazón se detenga; a partir de ahí se canula al paciente para perfundir líquido de conservación. El foco de la polémica no es la técnica, sino dónde se coloca la frontera. Algunos participantes en el debate sostienen que la definición legal de muerte se ha ido ampliando —
expansive legal definitions of death, en la terminología anglosajona— para engordar el censo de donantes elegibles, y que circulan casos de personas declaradas muertas que después se recuperaron. No hay series públicas que confirmen que esa sea la práctica habitual, y buena parte del personal sanitario defiende que los protocolos se respetan. La duda, sin embargo, no se cierra.
¿Por qué España dona más que el resto de Europa?
Una corriente apunta a que el factor diferencial no es la disposición de los españoles. Según una versión expuesta en el debate, en las encuestas los españoles no destacan sobre otros europeos; el sistema, en cambio, sí. La existencia de alertas, coordinadores en cada hospital y un procedimiento engrasado durante décadas convierte en donación lo que en otros países se queda en el
limbo administrativo. Bajo ese prisma, el récord habla menos de una supuesta generosidad nacional y más de la ingeniería burocrática que la canaliza. Es una tesis cómoda para el discurso oficial y, a la vez, la que deja en el aire la pregunta incómoda: si es el sistema y no la gente, ¿qué ocurre cuando ese sistema maneja incentivos que nadie audita?
Del récord de 2019 al parón de la pandemia
En 2019 la tasa escaló hasta
48,9 donantes por millón y se rozaron los 5.500 trasplantes, con 116 trasplantes por millón de población. Después llegó la pandemia y el número de trasplantes cayó un 20%. Se hablaba entonces de que hacían falta dos millones de órganos en el mundo. El liderazgo español resistió, pero en el debate resurgieron las sospechas sobre qué se priorizó durante la emergencia y qué protocolos pudieron relajarse. El mismo interrogante que sobrevuela cada balance: la letra pequeña del modelo no se publica.
Si el sistema sigue batiendo récords, la desconfianza no va a disolverse sola. Como sostienen quienes rechazan el sistema, mientras no exista un registro público e inequívoco de voluntades y una auditoría transparente de los criterios que declaran muerta a una persona, es probable que cada balance anual reavive la misma sospecha. La paradoja es conocida: España presume de los mejores datos de su historia y de un modelo que nadie sabe replicar. El día que lo explique entero —quién cobra qué y bajo qué criterios se retira el soporte vital— dejarán de sobrar teorías.