España, duodécima economía mundial: ¿éxito o espejismo?
¿Qué esconda el titular de que España sea la duodécima economía del mundo? Para unos, un aval de estabilidad en un entorno europeo estancado. Para otros, un espejismo que oculta una caída en el ranking y un crecimiento apoyado en la demografía, no en la productividad.
Los críticos recuerdan que España llegó a ocupar el octavo puesto y ahora se conforma con el duodécimo. El PIB total aumenta, pero la población también lo hizo un 10% en ocho años, lo que diluye cualquier mejora en la renta per cápita. Ese es el dato que “no se menciona hace mucho”, en palabras de un análisis que compara el progreso con el de países en vías de desarrollo.
El espejismo del PIB total
Si se mira la riqueza por habitante, el cuadro cambia. Mientras España crece por el efecto demográfico, otras economías europeas lo hacen por el valor añadido de su tejido productivo. El caso de los países del Este, que hace veinticinco años enviaban trabajadores a España y ahora compran casas de primera línea en las playas españolas, ilustra la diferente calidad del crecimiento.
Impuestos, deuda y productividad
El otro frente crítico apunta al peso del sector público. Cada vez hay más impuestos y más deuda, mientras la productividad sigue estancada. La comparación con la promesa de la “Champions Lij” de la economía, lanzada en la etapa de Zapatero, se antoja inevitable: viviendas más caras, sueldos con menos poder adquisitivo y un Estado que “saquea más al remero”.
La herida del reparto
Hay quien va más allá y asegura que el problema no es el tamaño del pastel, sino su reparto. La referencia a 1936 como punto de partida de una distribución desigual recorre buena parte de las intervenciones. La cuestión, en todo caso, no es nueva: cuando el ranking se usa como coartada, conviene preguntarse a quién beneficia realmente el crecimiento.
Mientras tanto, los titulares de “top 12” adornan las portadas. Los bolsillos pueden no haber recibido la notificación.