Lo que una bielorrusa no esperaba ver al llegar a España
Una mujer que jamás había salido de Bielorrusia aterriza en España y lo primero que ve no es la Sagrada Familia. Ve a
gente durmiendo en la calle, desahucios, personas hurgando en la basura y la cola de la Cruz Roja esperando un plato de comida. Lo cuenta su
pareja, Albert Santín, un español que reside en Bielorrusia y que en su día tuvo un partido independentista catalán de izquierdas. El contraste entre lo que ella esperaba encontrar y lo que se topó es el detonante de una discusión que en pocas horas pasó del caso concreto a la comparación entre dos modelos económicos.
El relato no trae encuesta ni informe oficial. Trae una impresión de primera mano y una pregunta incómoda: ¿se ha normalizado en España lo que en Europa del Este se lee como una anomalía? La conversación derivó rápido hacia terrenos más ásperos, el peso del Producto Interior Bruto y el papel del Estado en el país de origen de la mujer.
¿Qué vio la mujer que nunca había salido de Bielorrusia?
Lo que sorprendió a la recién llegada fue la
pobreza visible. Gente durmiendo en la calle, desahucios en marcha, personas rebuscando en los contenedores y una fila de la Cruz Roja para recoger comida. Nada de eso formaba parte de su experiencia previa, según el relato de su marido. La anécdota, contada como asombro de viajera, se convirtió en el espejo donde cada cual quiso mirar su propia tesis sobre el país.
Hay quien lo lee como prueba de que la
España oficial vende una imagen que no resiste una acera de barrio. Otros, en cambio, responden que una visita no es un censo y que generalizar desde una impresión personal es el atajo clásico de quien ya traía la conclusión puesta. La discusión no se resolvió. Se enconó.
La trampa del PIB: los puestos 15 y 66 en el debate
Apenas transcurridos unos mensajes, un participante echó mano de la tabla del PIB:
España en el puesto 15 y Bielorrusia en el 66. El argumento pretendía cerrar el caso de un plumazo. No lo cerró.
La réplica llegó con un ejemplo de manual: si un consumidor de un país rico compra un pollo por mucho dinero y diez consumidores de otro compran diez pollos baratos, el PIB de ambos sube lo mismo aunque el reparto real sea opuesto. La conclusión que extrae quien plantea el ejemplo es que el indicador mide el tamaño de la factura, no cuántos comen. Es un clásico de la crítica al dato bruto, y aquí sirvió para desviar el foco hacia lo que ninguna estadística recoge: el orden, la limpieza y la ausencia de miseria a la vista en las calles.
¿Es Bielorrusia un país socialista?
El modelo bielorruso fue el siguiente invitado. Un participante lo describe como una economía mixta con empresas estratégicas en manos públicas, aerolínea, armamento o energía, y un reguero de negocios privados que conviven con ellos. Los funcionarios cobrarían, según esa misma intervención,
la mitad que un empleado de empresa normal y trabajarían tardes y sábados por la mañana. Frente a esa foto, otros sostienen que el país no es socialista en absoluto, sino una economía de mercado con un Estado nacionalista y fuerte, muy distinto de Rusia.
Ahí está buena parte de la grieta. Se discute si el orden que exhibe el país nace de la ideología o de la disciplina administrativa, y si un país pequeño puede permitirse lo que no escala a otro. La discrepancia no se zanjó: cada bando se reafirmó en lo suyo.
El problema que Bielorrusia sí reconoce: el alcohol
Entre elogios al orden apareció el dato menos cómodo. En el hilo se cita la cifra de
unas 250.000 personas con problemas de droga y alcohol sobre 9 millones de habitantes, frente a los 48 millones que se atribuyen a Estados Unidos sobre 350 millones de residentes. La comparación, bruta y sin ajustar por población, sirvió para ambos bandos: unos la usaron para minimizar, otros para recordar que el paraíso tampoco es tal.
La lectura más matizada apunta al alcoholismo como el gran problema social de esas latitudes, común a Finlandia, Noruega o Lituania. Un mal endémico, no una excepción. Y un recordatorio de que el
orden y el
bienestar no son siempre la misma cosa.
La pirámide demográfica que cierra la discusión
Para medir el futuro, se compararon las pirámides de población de ambos países. La española aparece envejecida; la bielorrusa, con un perfil propio de una población que también afronta su propia vejez. Ese gráfico, traído a colación para comparar, dejó una sensación agridulce: los dos países miran a un horizonte demográfico parecido, cada uno por motivos distintos.
Aquí la conversación llegó a su límite. El caso de la turista bielorrusa sirvió para hablar de todo menos de ella. Con un puesto 15 y un puesto 66 sobre la mesa, y una cola de la Cruz Roja como imagen de portada, la pregunta que nadie contestó es la más simple: qué mide de verdad un puesto en una tabla.