Increpado por el himno de España como tono de llamada
Según el relato de un usuario en un foro, un hombre fue increpado en la sala de espera de un centro médico por llevar el himno nacional como tono de llamada del móvil. El episodio, recogido en un tuit que abre la discusión, ha derivado en un pulso sobre algo mucho más incómodo que un archivo de audio: quién tiene derecho a usar los símbolos del Estado y quién ha decidido, por su cuenta, que ya no son de todos.
La escena que describe el mensaje inicial es doméstica y reconocible. Una sala de espera, un teléfono que suena, un himno. Y a partir de ahí, la pregunta que sobrevuela todo:
¿y ahora qué prohibimos? Porque el asunto no es el volumen del aparato, sino el repertorio. Hay quien lo resume con sorna: le llaman la atención por ser un gañán que arma escándalo con el móvil, no porque suene el himno de España o el del Real Betis. El matiz importa, y mucho.
Quién se ha quedado con la bandera y el himno
El eje del desacuerdo es viejo y no se resuelve con un tuit. Una parte sostiene que los símbolos nacionales han sido
monopolizados por un sector político concreto, y que ese secuestro es precisamente lo que explica el rechazo del resto. La conclusión que extraen es incómoda para todos: si el himno y la bandera rojigualda pertenecen de facto a un bando, y la bandera republicana a otro, la salida sería inventar una enseña y una melodía nuevas, como se hizo en Sudáfrica tras el apartheid.
La réplica llega por el otro flanco y es igual de dura. Si alguien denosta los símbolos y luego acusa a quien los usa de habérselos apropiado, está justificando cualquier ataque a quien los exhiba, porque si los usa es que no es de los suyos. La acusación de hipocresía se devuelve con intereses: los mismos que reprochan el nacionalismo español, se argumenta, comulgan sin problema con los nacionalismos periféricos.
El insulto como detector de clase
El término que vertebra media discusión es
fachapobre. Y aquí el análisis se vuelve más interesante que el insulto. Se señala que un supuesto izquierdista que usa «pobre» como descalificación retrata su propia contradicción:
anteponer facha a pobre para que suene a oximoron revela un desconocimiento notable de la historia del fascismo, que como movimiento revolucionario apeló desde el principio a las clases bajas y medias.
El corolario económico es el que más recorrido tiene. Dar por hecho que alguien con renta baja debería votar medidas intervencionistas es no tener ni idea de economía. Y hay un detalle que no se les puede reprochar a los aludidos: nunca prometieron sacar a nadie de la pobreza. La etiqueta, sostienen, funciona como detector de miseria moral más que como descripción sociológica.
El móvil, el volumen y la excusa
Conviene no perder de vista lo obvio, porque el relato lo tapó enseguida. Estamos en la sala de espera de una institución pública. Varios mensajes apuntan a que lo más probable es que le pidieran bajar el volumen porque molestaba, y el hombre respondiera a gritos. Poner música a todo trapo en una sala de espera es de mala educación suene lo que suene.
El himno es la anécdota; el comportamiento, el hecho.
Ese es el punto que varios subrayan frente al ruido de fondo: si el mismo numerito lo monta cualquier otro con cualquier otra música, la reacción habría sido idéntica. La diferencia es que aquí el repertorio permitía convertir una falta de civismo en un episodio identitario. Y de paso, colocar a cada cual en su casilla.
De la sala de espera al choque de civilizaciones
El hilo escala rápido hacia terrenos más ásperos. Aparecen referencias a altercados en Torredonjimeno, a agresiones a puestos de un partido y a una joven increpada por llevar la bandera nacional. Se afirma que la inmigración irregular está
patrocinada desde instancias políticas contra los españoles de bien. Es una tesis que se lanza sin prueba alguna y que conviene leer como lo que es: una opinión más dentro de una discusión caliente, no un hecho establecido.
También hay quien compara el caso con la presencia de camisetas de otras selecciones nacionales en espacios públicos, y quien avisa de que el país camina hacia un modelo multicultural donde la cultura propia queda arrinconada. Frente a eso, la respuesta más repetida es la del desgaste: los símbolos patrios no se arreglan en una generación, y lo único sensato que pueden hacer unos y otros es dejar de azuzar el árbol.
Qué se juega España en esta bronca
El diagnóstico más repetido es que los símbolos del Estado son de todos y que nadie los tiene prohibidos: no se usan porque no se quiere. Y la consecuencia de ese desdén es que quien los enarbola queda marcado como la AntiEspaña, lo cual refuerza el círculo. La predicción con reservas es la siguiente: mientras el himno siga funcionando como marcador de bando, cada sala de espera, cada estadio y cada desfile será una trinchera. No parece que vayamos a quedarnos sin broncas.