Liberalizar suelo y traer mano de obra migrante, el plan Aguirre
Traer albañiles y carpinteros de fuera, formados antes de llegar en escuelas de FP en África, para levantar las casas que el país asegura que no puede construir. La propuesta de
Esperanza Aguirre para atacar el problema de la vivienda tiene dos patas que se muerden la cola: liberalizar suelo y abrir la mano de obra a trabajadores migrantes. El diagnóstico de partida es simple: sin gente dispuesta a subirse al andamio, cualquier plan de construcción se queda en el papel.
La réplica llegó en seguida. Si se traen trabajadores, se traen también futuros inquilinos, y cada uno necesita techo. La misma medida que promete más oferta de obra presiona la demanda de vivienda.
Más albañiles, más pisos que ocupar. La contradicción, señalada desde varios frentes, es el eje de una discusión que mezcla suelo, salarios y política migratoria.
Qué plantea la propuesta y de dónde sale la falta de mano de obra
La idea combina dos palancas: liberar suelo para que haya más terreno edificable y cubrir el hueco de los oficios con formación profesional en origen. Se sostiene que faltan albañiles, carpinteros y fontaneros, y que ese cuello de botella bastaría para frenar cualquier impulso constructor. También hay quien defiende que liberar suelo tiene sentido por sí mismo, al margen de quién acabe poniendo los ladrillos.
Liberar suelo, sí; lo demás, ya veremos.
Donde el acuerdo se rompe es en la segunda pata. Vender el plan como la vía para que los oficios los cubran trabajadores de fuera supone, para una parte de la conversación, admitir que el relevo generacional lleva años roto. Y no todo el mundo acepta ese punto de partida.
Más trabajadores, más vivienda: la trampa de la propia receta
El argumento más repetido es que traer mano de obra sin resolver primero la oferta de vivienda es echar gasolina al fuego.
Si llegan más trabajadores, harán falta más casas, y esas casas hay que construirlas antes, no después. Quien formula la receta al revés se topa con que la medida se come a sí misma: para construir vivienda hace falta vivienda para quienes van a construirla.
Enfrente pesa un argumento con poso: durante el ciclo de la
burbuja, la construcción ya dependía de trabajadores llegados de fuera, y se sostiene que buena parte de la mano de obra local no acepta esos puestos. Si nada de eso ha cambiado, liberalizar suelo sin tocar la oferta laboral dejaría los planos sobre la mesa.
¿Faltan trabajadores o faltan sueldos?
Una corriente sitúa el problema muy lejos de la escasez de gente. Si los oficios pagaran lo que exige la dureza del trabajo, y con condiciones dignas, aparecería mano de obra dispuesta. La pregunta, formulada sin rodeos, es
¿y subir sueldos?. Bajo ese prisma, el cuello de botella no sería físico, sino de precio.
Otra línea es más dura con el diagnóstico de fondo: niega que falten brazos y apunta a que el empleo que se crea es precario, rotatorio y de escaso valor añadido, más un agujero de cotización que una solución. A esa crítica se suma la lectura política: que el PP plantee estas recetas se lee como la herencia de un modelo agotado, el que confundió
ladrillo con crecimiento. Y en la esquina opuesta, medio en broma, hay quien sentencia que todo esto lo acabarán resolviendo los robots.
Con la obra sin relevo claro y la vivienda como problema de oferta, la propuesta deja una pregunta sin cerrar: ¿y si el cuello de botella nunca fue la mano de obra, sino el precio al que estamos dispuestos a pagarla?