Fumar y beber a los 6 años: la foto que hoy sería impensable
Un adulto acerca un cigarro encendido a la boca de un niño de unos cinco o seis años. La escena, captada en una celebración, se ha convertido en el detonante de una discusión que va mucho más allá de la anécdota: ¿era esto normal en los ochenta o es sencillamente un abuso? La respuesta que emerge del material es incómoda, porque las dos cosas son verdad a la vez. En España, hasta hace tres décadas, el cigarrillo de chocolate convivía con el puro de verdad en bodas y comuniones, y el pediatra fumaba en su propia consulta mientras auscultaba al crío.
Qué se hacía entonces que hoy sería impensable
El inventario que reconstruyen quienes vivieron esa época es amplio y no necesita exageración. Se fumaba en el médico, en el banco, en el instituto, en la facultad, en el mercado y en el autobús. Un adulto podía encender un cigarrillo a medio metro de un desconocido sin que nadie levantase una ceja. En bodas y comuniones, era costumbre que los mayores ofrecieran cigarrillos y puros a los niños, y en algunos países de mayoría musulmana la práctica se mantenía en fechas señaladas.
La liturgia doméstica incluía también el alcohol. La quina con yema de huevo, la clara tras la primera comunión, el vino con pan duro y azúcar para merendar, el anís que el abuelo dejaba probar a los nietos.
Así se hace un hombre, resume una de las frases más repetidas, que hoy suena a provocación pero entonces funcionaba como sentido común compartido.
El cálculo que nadie discute: menos humo que en la calle
Frente al escándalo, aparece un argumento que ordena el debate: un adulto fumando delante de un niño contamina menos que el tráfico de cualquier ciudad. Quien traga el humo de los coches, sostiene esta línea, no tiene autoridad moral para rasgarse las vestiduras por una calada. El dato no está cuantificado con precisión en el material, pero la comparación sirve para desplazar el foco: el problema no es solo el cigarro ajeno, es el aire que respiramos todos.
Hay una segunda corriente que matiza. Lo reprobable no es que el adulto fume en presencia del crío, sino que le ponga el cigarro en la boca. La distinción importa, porque separa la exposición pasiva de la iniciación activa. Y una tercera línea, más dura, no ve en el gesto ninguna lección pedagógica: lo califica directamente de irresponsabilidad, sin épica ni nostalgia.
La pedagogía del escarmiento y sus defensores
La justificación más extendida entre quienes defienden la escena es la del aprendizaje por vía rápida. El niño se pone pesado con lo de fumar, el padre le da una calada y se le quitan las ganas. La tos, el mareo y la reprimenda posterior —
por gilipollas— completan la lección. Quien lo cuenta asegura que aprendió y que hoy se gana el jornal honradamente.
El problema de ese razonamiento es que confunde una anécdota con un método. Que un crío concreto no acabase enganchado no demuestra que la práctica fuese inocua, del mismo modo que haber sobrevivido a un accidente sin cinturón no convierte el cinturón en un estorbo. La estadística no se construye con los que salieron indemnes, sino con todos los que pasaron por la experiencia.
De la nostalgia al choque generacional
La conversación deriva pronto hacia un terreno más áspero: la comparación entre aquella sociedad y la actual. Un bloque sostiene que la sobreprotección de hoy es un efecto secundario de la caída de la natalidad —menos niños, más miedo—, y que en los ochenta, con tasas de fertilidad más altas, los padres eran más flexibles y los críos campaban a sus anchas. Otro bloque responde que la nostalgia confunde libertad con abandono, y que buena parte de lo que se añora era sencillamente desprotección.
El choque se vuelve explícito cuando entra en juego la educación afectivo-sexual y la denuncia del maltrato. Una parte defiende que enseñar diversidad y animar a los menores a denunciar agresiones es un avance civilizatorio; otra lo enmarca en una deriva ideológica que, a su juicio, ha corrompido la sociedad. La discusión se calienta hasta el insulto en varios puntos, con descalificaciones que este medio no reproduce.
Qué dice la evidencia sobre el consumo temprano
La ciencia es menos ambigua que el recuerdo. La exposición al humo del tabaco en la infancia se asocia a un mayor riesgo de infecciones respiratorias, asma y problemas de oído medio, y el inicio temprano en el alcohol multiplica la probabilidad de dependencia en la edad adulta. Que una generación entera pasara por ello sin que se note en las estadísticas de alcohólicos no invalida el riesgo individual: significa que el daño se repartió de forma desigual y que los afectados no escriben en los foros.
El marco legal también ha cambiado. La prohibición de fumar en espacios cerrados y la restricción de la publicidad de alcohol y tabaco han reconfigurado el espacio público. Lo que antes era costumbre hoy es infracción, y eso explica que la foto resulte chocante: no es que hayamos olvidado cómo era, es que hemos decidido que no vuelva a serlo.
Queda el punto exacto donde el análisis se atasca. La mayoría acepta que poner un cigarro en la boca de un niño está mal. La discrepancia empieza al preguntar si aquella sociedad era peor o solo distinta, y si la corrección actual ha traído más protección o más angustia. Nadie ha cerrado esa cuenta, y probablemente nadie pueda.