Por qué se ha instalado la idea de que morir a los 60 se ha vuelto normal
Un actor fallecido un día, un defensa histórico del fútbol italiano al siguiente. Dos muertes en menos de 48 horas y una coincidencia incómoda: ambos rondaban o superaban la sesentena. Con ese material se ha vuelto a encender una sospecha que lleva meses circulando por los márgenes del discurso público: que algo está matando antes de tiempo a la generación que hoy tiene entre 50 y 65 años. El detonante, sin embargo, es más viejo. Se repite una y otra vez que los llamados grafenados —los vacunados durante la pandemia— no van a llegar vivos a la jubilación.
La tesis del grafeno y sus grietas
La hipótesis más ruidosa sostiene que las vacunas contra la covid contenían grafeno, SV40 y otras sustancias, y que sus efectos secundarios estarían acelerando la mortalidad justo en los tramos de edad que se vacunaron primero. Quien la defiende se apoya en el prestigio del Nobel Luc Montagnier, que, aseguran, fue denostado por el relato oficial. Enfrente pesa un argumento de hierro: la esperanza de vida en España marcó un máximo histórico, según los datos del INE difundidos por medios especializados en salud.
La contrarréplica de los escépticos es predecible, y ahí está el problema: sostienen que esas cifras están cocinadas por el propio Gobierno y que la estadística oficial sirve al relato, no al diagnóstico. Cuando el dato contradice la intuición, se descarta el dato. Y la intuición, en este caso, se alimenta de casos concretos y muy visibles.
Lo que sí acorta la vida a los 50 y los 60
Hay un diagnóstico que no necesita ninguna conspiración: la generación del botellón, la pizza y los precocinados, fumadora hasta hace pocos años y con tasas de sobrepeso elevadas, arrastra un perfil de riesgo cardiovascular y metabólico peor que el de sus padres. Súmese sedentarismo y una dieta pobre. Ese cóctel, y no un ingrediente secreto inyectado en el brazo, explica buena parte del acortamiento de la vida adulta.
El contraste histórico es demoledor y rara vez se cuenta bien. En la España de mediados del siglo XX no había cuarto de baño en la mayoría de las casas. La mortalidad infantil —no la adulta— era la que hundía la esperanza de vida, y fueron el agua corriente, el saneamiento, el frigorífico y los trabajos de Pasteur y Fleming quienes la corrigieron. Confundir eso con un supuesto envejecimiento prematuro provocado por las farmacéuticas es un salto argumental, pero es un salto que cada vez da más gente.
La letra pequeña: jubilación a los 73 y una vacuna para los 50
A la discusión sanitaria se le ha pegado la económica. Si de verdad la mayoría no llega a la jubilación, la sospecha inmediata es que alguien lo sabe y por eso retrasa la edad legal de retiro. Se ha llegado a especular con los 73 años como escenario, que más que una cifra es una metáfora del cabreo.
Y añade leña un dato regulatorio concreto: la aprobación por la FDA de la vacuna mFlu-siva de Moderna, diseñada para adultos de 50 años en adelante contra la gripe estacional. Para la parte más crítica, es la prueba de que hay un segmento de población en el punto de mira. Para la otra, es simplemente salud pública de rutina.
La foto de fondo sigue siendo la misma: una esperanza de vida en máximos históricos que no encaja con la sensación, cada vez más generalizada, de que la gente se muere antes. Puede que uno de los dos datos esté mal. O puede que los dos sean ciertos y nadie quiera mirar dónde se rompe la costura.