Mazón, el polvo y los 229 muertos: el relato que no cuadra
¿De verdad murieron 229 personas porque un presidente autonómico estaba echando un polvo? Esa es la pregunta que sobrevuela el asunto desde que se filtró que Carlos Mazón no estaba en el puesto de mando durante las horas críticas de la catástrofe. La cifra es la que es:
229 cadáveres. Y el relato, según se desprende de las conversaciones, se ha construido sobre una sola pieza: el presidente no dio la orden porque estaba ocupado. El resto del sistema, al parecer, no existía.
Lo que empezó como un rumor de pasillo se ha convertido en el eje de un debate que mezcla lo grotesco con lo estructural. La pregunta no es si Mazón es un irresponsable —eso ya lo asumen hasta los suyos—, sino si un sistema de emergencias puede depender de la agenda personal de un solo hombre.
Ahí está el nudo.
¿Qué pasó realmente en las horas críticas de la DANA?
El relato que circula sostiene que Mazón estaba en un reservado de un restaurante del casco viejo de Valencia con una periodista que había trabajado en Canal 9. No hay cama, según quienes conocen el local, pero sí un almuerzo que se alargó más de lo previsto. La pregunta que nadie responde con datos es si ese almuerzo fue la causa de que no se activara la alerta o si simplemente coincidió con un fallo mayor.
Hay quien sostiene que la Confederación Hidrográfica y Emergencias de la Generalitat estaban concentrados en la presa de Forata mientras la rambla del Poyo se desbordaba sin que nadie diera la orden de evacuación.
Utiel ya estaba inundado antes de que la situación en Valencia capital se descontrolara. Es decir, el colapso no fue instantáneo: hubo margen. Y en ese margen, el presidente no estaba.
La versión más benévola apunta a que el sistema falló entero: vicepresidente, departamentos de emergencia, UME, todo el escalafón. Si la alerta dependía de una sola firma, el problema no es el firmante, es el diseño.
Cómodo argumento, pero no exime a quien tenía la firma.
El sistema de alerta que dependía de un solo hombre
El argumento más repetido en los análisis es que un sistema de emergencias no puede depender de que un tipo esté o no esté follando. Si Mazón hubiera sufrido un infarto en esas horas, ¿nadie habría dado la alarma? ¿Para qué están el vicepresidente y los responsables de emergencias? La conclusión es incómoda: o el sistema estaba mal diseñado, o nadie quiso asumir el mando mientras el jefe no daba señales.
Hay quien va más allá y señala que los militares de Bétera estuvieron
tres días con camiones y palas preparados esperando la orden de acudir a la Huerta Sur. La orden no llegó. Eso no es un problema de un polvo: es un problema de cadena de mando. Pero también es cierto que quien podía haber cortocircuitado esa cadena era el presidente, y el presidente estaba en otro sitio.
La comparación con otros episodios es inevitable. Aznar con el Prestige, Rajoy con los hilillos de plastilina, Camps con los trajes. La diferencia es que aquí hay
229 muertos y una causa concreta: una riada que se sabía que iba a llegar. El mapa del tiempo era idéntico al de la pantanada de Tous de 1982. Cualquiera con dos dedos de frente habría pospuesto el almuerzo.
Las obras que no se hicieron y los muertos que sí llegaron
El otro gran bloque del asunto es el que casi nadie quiere mirar: las obras de encauzamiento que llevaban décadas sin hacerse, los cauces sin limpiar, los recursos que nunca llegaron. Si el problema fuera solo un polvo, bastaría con cambiar al presidente. Pero las obras siguen sin hacerse, y eso no depende de la vida sexual de nadie.
Hay quien sostiene que la borregada traga con el cuento climático para no exigir responsabilidades de verdad. Y hay quien responde que el cambio climático no convoca ruedas de prensa ni firma decretos: los que firman son los políticos.
Ambas cosas pueden ser verdad. La DANA fue un fenómeno extremo; la gestión fue un desastre. Lo segundo no se explica solo por lo primero.
La cifra de 229 muertos es la que es. Y la pregunta de si habrían muerto igual con Mazón en su despacho sigue sin respuesta. Probablemente sí, porque las obras no estaban hechas. Pero eso no convierte el almuerzo en irrelevante: convierte el almuerzo en la prueba de que nadie estaba al mando.
El relato del polvo como cortina de humo
La hipótesis más cínica es que el polvo es la cortina de humo perfecta. Mientras todo el mundo discute si Mazón estaba follando o no, nadie discute por qué no se limpiaron los cauces, por qué no se activó la alerta a tiempo, por qué la UME tardó tres días en recibir la orden. El escándalo sexual tapa el escándalo de gestión.
Hay quien apunta que la filtración del almuerzo no es casual: sale en el momento en que las comisiones de investigación empiezan a pinchar. Y hay quien responde que el polvo es irrelevante, que lo único que importa es que el presidente no estaba donde debía.
Las dos lecturas conviven sin que ninguna se imponga.
Lo que sí parece claro es que el asunto no se va a cerrar con una dimisión. Mazón sigue en su sitio, el sistema sigue igual de mal diseñado, y las obras siguen sin hacerse. El próximo episodio de lluvia extrema pillará a otro presidente en otro reservado, y la pregunta será la misma.
Qué pasa ahora con Mazón y con la investigación
A la fecha de esta discusión, no hay sentencia ni condena firme. Lo que hay es un relato en construcción, una jueza que escucha versiones y una opinión pública dividida entre los que creen que el polvo lo explica todo y los que creen que no explica nada. La causa sigue abierta.
Lo único que se puede afirmar con los datos disponibles es que
229 personas murieron en una riada que se sabía que iba a llegar, que el presidente autonómico no estaba en su puesto en las horas críticas, y que el sistema de alerta no funcionó. Todo lo demás —el polvo, el reservado, la periodista— es el envoltorio.
Y el envoltorio, a veces, es lo único que se vende.