Lo íbero: la civilización que España prefiere enterrar
La falcata cortaba brazos de un solo tajo y cercenaba cabezas, según Tito Livio. Sin embargo, ningún ministerio de Cultura ha propuesto convertirla en emblema nacional. Mientras países con tradiciones guerreras inventadas venden su pasado épico, la cultura íbera sigue siendo la gran desconocida de la historia de España, a pesar de que buena parte de la península vivió siglos bajo su influencia. La controversia sobre este patrimonio acumula capas de polvo y, sobre todo, de prejuicios.
La cultura genuinamente española que nadie reivindica
Hay quien sostiene que los íberos son la civilización genuinamente española, anterior a romanos, visigodos y musulmanes. Un argumento recurrente: mientras los celtas de la Meseta apenas dejaron rastro arqueológico comparable, el Levante está sembrado de poblados, esculturas y armas. Y la falcata, con su hoja curva, se convierte en el símbolo de esa supuesta grandeza perdida. La realidad es que el interés por los íberos siempre ha chocado con una visión historiográfica que privilegia el mundo celta o romano.
La genética ha entrado en la discusión. Un análisis de los componentes de los íberos de la Edad del Hierro los sitúa con una fuerte base de agricultores neolíticos llegados de Anatolia hace 7.500 años, más una aportación de cazadores-recolectores locales. El hallazgo inquietante: los franceses del sur estarían genéticamente más cerca de los antiguos íberos que muchos españoles contemporáneos, lo que abriría un melón sobre quién heredó realmente ese legado.
El euskera: ¿primo lejano o hijo directo del íbero?
Uno de los frentes más espinosos es la relación entre el euskera y la lengua íbera. La hipótesis de que el vasco es el último descendiente del íbero pirenaico gana adeptos a medida que aparecen hallazgos como la Mano de Irulegi, que sugiere una lengua vascónica en el Pirineo. En contra, hay quien la considera solo un pariente lejano. La toponimia aporta munición: la Sierra de Aitana, en Alicante, contiene la palabra «aita» (padre en euskera), y los defensores de la conexión la ven como prueba de un sustrato íbero extendido por todo el Este.
Pero la falta de una herramienta para descifrar el íbero mantiene el misterio. La queja sobre la escasa inversión en investigación lingüística se escucha con insistencia, y la pérdida de la Biblioteca de Alejandría sigue siendo la coartada perfecta para los que creen que nunca sabremos toda la verdad. Hay también quien denuncia el expolio constante de plomos íberos en zonas como Valencia, donde piezas inéditas pueden acabar en manos privadas.
La meseta, ¿la gran olvidada?
La controversia no se limita a la costa mediterránea. El asedio a Pallantia, la ciudad vaccea que luego sería Palencia, fue comparado al de Numancia, y la villa romana de La Olmeda es una de las más importantes de España. Que se hable solo del Levante íbero olvida que en el interior también hubo civilizaciones pre-romanas con peso militar y cultural.
La conclusión no es unívoca. Si España decidiera reivindicar lo íbero, tendría que decidir qué hacer con el euskera, con la herencia celta y con la realidad genética que señala hacia Francia. Y quizá eso es lo que da miedo: un patrimonio que obliga a redefinir la identidad sin etiquetas simples.
La falcata, de momento, sigue en los museos. ¿Cuánto tardará alguien en darse cuenta de que un arma que asustaba a Roma vende más que cualquier otra marca nacional?