Vallecas: el water festival que divide a Madrid
La imagen es viral: cientos de personas semidesnudas en plena calle, bailando al ritmo de batucadas mientras se lanzan agua con pistolas. El escenario es Vallecas, y el evento –una suerte de water festival que ha ido ganando protagonismo– ya no es lo que era. O sí, pero eso es justo lo que algunos no quieren ver.
Lo que empezó como una fiesta popular para familias se ha transformado en un escaparate de la deriva social de la capital, según una corriente de opinión. La presencia masiva de colectivos LGTB con exhibiciones explícitas y el peso de la inmigración latinoamericana, con sus ritmos y costumbres, habrían desplazado al público tradicional. "No hay niños, solo maricones e inmigrantes", se resume de forma grosera entre los críticos. Otros, en cambio, ven una celebración multicultural y liberadora.
El cambio de perfil sociodemográfico
Detrás de la polémica hay un fenómeno económico: la transformación del barrio. Vallecas, tradicionalmente obrero y castizo, ha recibido oleadas de población migrante, sobre todo latinoamericana. El tejido comercial ha cambiado, y con él, las celebraciones callejeras. ‘Madrillín’ –fusión de Madrid y Medellín– es el término que algunos usan para describir esta nueva realidad sociocultural, que genera fricciones entre los residentes de toda la vida y los recién llegados.
El water festival no es un evento oficial del Ayuntamiento, sino una convocatoria espontánea que ha ido creciendo cada verano. La permisividad del consistorio de Almeida es señalada por unos como negligencia y por otros como acierto liberal. "Lo han convertido en un aquelarre", se quejan unos. "Es la fiesta del pueblo", responden otros.
La batalla por el espacio público
El debate sobre quién ocupa la calle y cómo es un clásico en las ciudades que se gentrifican o se diversifican. Aquí no hay datos económicos duros –no se ha medido el impacto en el comercio local–, pero sí percepciones enfrentadas. Mientras unos ven "degradación" y "tercermundismo", otros consideran que la crítica esconde homofobia y racismo.
Lo cierto es que el evento ha creado dos bandos: los que añoran el pasado y los que celebran el presente. Y en medio, un Ayuntamiento que mira hacia otro lado, dejando que la calle decida. La previsión es que el año que viene sea más multitudinario. O que alguien ponga orden. Veremos.