Un chiste sobre niños muertos en el Hudson desata la bronca
¿Se puede hacer humor con una familia que se cae de un helicóptero? La respuesta, a juzgar por lo que se montó, es que depende de quién caiga y de quién lo cuente. Cinco miembros de una misma familia española, varios de ellos niños, murieron al estrellarse su helicóptero en el río Hudson, en Nueva York. La cadena pública dio la noticia y el alcalde de la ciudad, Eric Adams, pasó por antena a comentarla. Hasta ahí, un suceso. Lo que vino después fue otra cosa: alguien escribió un comentario burlón sobre los fallecidos y el asunto derivó en una pelea sobre quién tiene derecho a reírse de qué.
Qué pasó en el accidente del río Hudson
El punto de partida es una noticia de la radiotelevisión pública: un helicóptero se estrella en el Hudson y mueren cinco españoles de la misma familia. La cifra importa porque marca todo lo que viene después: no es un accidente con una víctima, es una familia entera. Varios de los fallecidos eran menores.
El suceso se convirtió en asunto público por dos vías. La primera, la cobertura informativa, con el regidor neoyorquino atendiendo a los medios. La segunda, mucho menos edificante, el comentario que un particular publicó sobre la tragedia y que se propagó más rápido que la propia noticia. La reacción mayoritaria fue de rechazo frontal: se pidió el cierre de la cuenta y se calificó el comentario de miserable. Hasta ahí, consenso.
De la indignación al ajuste de cuentas ideológico
El consenso duró poco. En cuanto se supo el perfil del autor del comentario, la indignación por el chiste se convirtió en indignación contra un bando entero. Una parte de los intervinientes sostuvo que la burla era la enésima prueba de un patrón: la envidia como motor ideológico, el resentimiento hacia quien prospera, la incapacidad de alegrarse por el éxito ajeno. Se citó incluso un ensayo clásico sobre la revolución industrial para sostener que el problema de la izquierda es un defecto psicológico antes que político.
La respuesta no se hizo esperar y fue igual de gruesa. Se recordó que la misma gente que se escandaliza por un chiste no abre un solo comentario cuando el muerto es de otro color, de otro barrio o de otra bandera. Y se añadió el argumento más incómodo: que el escándalo selectivo es una forma de ganar puntos morales gratis.
Todos los que estáis aquí de dignos escandalizados, vino a decir uno de los mensajes, si fuera al revés no os importaría una mierda.
El humor negro como campo de batalla
Aquí el asunto se parte en dos corrientes que no se escuchan. Una defiende que el humor negro no tiene dueño ni excepciones: si vale para unos muertos, vale para todos, y quien se ofende por un chiste es porque antes se ofendía por otro y callaba. La otra sostiene que hay una línea, y que la línea son los niños. No es una discusión sobre libertad de expresión, es una discusión sobre simetría: cada bando acusa al otro de aplicar el rasero según le convenga.
En medio quedaron los mensajes más sensatos del conjunto. Uno de ellos lo resumió sin aspavientos: que cada cual diga lo que le salga, que la muerte acompaña desde que nacemos y que la noticia no es que alguien muera, sino cómo muere. Otro apuntó algo más incómodo todavía: que la retahíla de condolencias de gente que no conocía de nada a los fallecidos tiene bastante de postureo. Y un tercero, el más corto, zanjó: que en paz descansen.
El accidente como excusa para la guerra cultural
Lo llamativo es la velocidad del desvío. En pocas respuestas se pasó de un accidente aéreo a discutir la guerra civil, el franquismo, la herencia, la vivienda y hasta el modelo económico chino. El suceso quedó de adorno. Se llegó a escribir que los muertos eran ricos y que por eso el duelo nacional resultaba excesivo, y se respondió que la izquierda usa la palabra pobre como insulto mientras desprecia al que se esfuerza.
Hay un detalle que resume el tono general: alguien preguntó, con retintín, si los herederos se repartían el rotor o la hélice. La broma no iba dirigida a las víctimas, iba dirigida a quienes se habían erigido en jueces morales del chiste anterior. Es decir, el mismo mecanismo que se criticaba, ejecutado por el otro lado. La indignación, resulta, también se hereda.
Quién tiene derecho a ofenderse
El tramo final del asunto deja una conclusión poco lucida para todos. Los que pedían el cierre de la cuenta por un comentario soez acabaron soltando comentarios soeces sobre los que pedían el cierre. Los que defendían el humor negro como ejercicio de libertad se ofendieron cuando el humor negro les tocó a ellos. Y en medio, un montón de gente que solo quería leer qué había pasado con cinco españoles que se subieron a un helicóptero en Nueva York y no volvieron.
Al final, la única cifra que no se discute es la del principio: cinco muertos, una familia, varios niños. Todo lo demás —quién es más miserable, quién tiene más derecho a reírse, quién llora de verdad y quién llora para que le vean— es ruido. El accidente fue real. La pelea, también. Solo una de las dos cosas importaba.