El US Army y la polémica por su reclutamiento y sus veteranos
El ejército estadounidense tiene un problema que no se arregla con presupuesto: una parte de sus propios veteranos afirma no reconocerlo. Un vídeo difundido como muestra del «nuevo concepto» del US Army —uniformados que hablan de su vocación, de sus proyectos personales y de las redes sociales— ha reavivado una discusión que se cierra en falso cada pocos años: si la primera potencia militar del mundo sigue siendo lo que fue o se ha convertido en otra cosa.
La brecha no es de dinero: es de quién quiere alistarse y quién decide marcharse.¿Por qué se critica el anuncio de reclutamiento del US Army?
El vídeo que sirve de detonante no muestra maniobras ni material. Muestra a jóvenes explicando por qué se alistaron: una vio a sus amigas estudiando en Italia, otra subiendo el Everest, y pensó que quería hacer «cosas chulis». La lectura crítica es inmediata:
se vende el ejército como una experiencia de desarrollo personal, no como una fuerza de combate. La réplica desde el otro lado es menos sentimental. Para manejar un dron armado no hace falta un Rambo; basta con alguien bien entrenado en un puesto técnico.
Y ahí entra el contraejemplo que se usa como prueba: el anuncio de reclutamiento del cuerpo de Marines, en el que aparecen sistemas de lanzacohetes de largo alcance. El mensaje implícito es que la potencia de fuego sigue intacta, aunque el escaparate del Army haya cambiado de tono. Nadie discute que el material esté; lo que se discute es quién queda para usarlo.
La comparación de fuerzas entre Estados Unidos y Rusia
Las cifras que se cruzan en el debate apuntan todas en la misma dirección.
Seis meses —ocho, en otra versión— intentando tomar una localidad del tamaño de un pueblo, con cientos de proyectiles disparados para batir cada objetivo, frente a una campaña que, según esa misma versión, llevó a las fuerzas estadounidenses a tomar Irak en una semana, a miles de kilómetros de casa. El cálculo que se repite es llamativo: bastaría con el 5% del presupuesto militar anual estadounidense para liquidar las capacidades convencionales del ejército ruso, y eso sin entrar en Ucrania.
Es una estimación de parte, no un informe oficial, y conviene tratarla como lo que es. La diferencia de calidad se resume en una expresión que aparece varias veces:
abismal. Otra línea del análisis relativiza además el peso del factor religioso en la ecuación: se argumenta que el islam no opera como bloque porque suníes y chiíes mantienen conflictos armados entre sí, con Arabia Saudí e Irán en extremos opuestos, y se recuerda que India, con un ejército de tamaño comparable al chino, funciona como contrapeso en Asia. La conclusión que se extrae es que Estados Unidos no se enfrenta a un frente unido.
Afganistán y Vietnam: ganar batallas y perder guerras
El dato incómodo es siempre el mismo.
Veinte años en Afganistán y una salida que nadie ha descrito como victoria. Vietnam, medio siglo antes, con idéntico final. Dos campañas en las que la superioridad material no se tradujo en resultado político.
Para unos, eso desmonta el relato de la invencibilidad. Para otros, son excepciones con explicación: en el caso afgano se sostiene —sin pruebas concluyentes— que la retirada fue en realidad una transferencia deliberada de poder a los talibanes para frenar la influencia de Irán en el país, y que Kabul cayó sin apenas resistencia porque estaba previsto. Frente a ella, otros participantes describen la salida como una huida desordenada. Lo que casi nadie discute es el volumen de la intervención estadounidense: una recopilación citada cifra en
469 las intervenciones militares desde 1798 y 251 desde 1991.
¿Se está quedando el US Army sin sus mejores soldados?
Aquí el asunto deja de ser un vídeo y pasa a ser gente. La tesis con más recorrido es la de una fuga silenciosa:
sargentos y cabos con varias misiones a la espalda que no renuevan porque consideran que el ejército al que entraron ya no existe. La versión que circula, atribuida a un exmiembro de fuerzas especiales que mantiene contactos en activo, habla de salidas por miles y de requisitos que se relajan para cubrir cupos. No se aporta ni un solo número que lo respalde.
Enfrente, dos matices. El primero: la instrucción de las unidades de élite sigue siendo extrema —frío, calor, agotamiento físico y presión psicológica— y eso no lo cambia un cartel de reclutamiento. El segundo: buena parte de los puestos modernos no exigen aptitud física de choque, sino manejo de sistemas. La diversidad en las filas, que en la OTAN se presenta como fortaleza, es justo lo que otra parte del análisis señala como debilidad:
un ejército homogéneo, vienen a decir, manda mejor y obedece más rápido.
Hay una consideración de fondo que se pierde de vista. Los Marines han sido históricamente la fuerza de choque y el Army el volumen, la logística y la reserva, así que el pulso sobre quién es prescindible es más antiguo que cualquier campaña de captación. De propina, un nombre español en la conversación: el actor Jorge Sanz, de familia castrense, recordando que su vocación frustrada fue ser capitán del Ejército. La nostalgia militar no entiende de fronteras.
Qué se puede esperar
Si la tendencia se mantiene, el US Army tendrá más tecnología y menos mandos intermedios con experiencia real de combate, que es donde se sostienen las unidades. Es una previsión con muchas reservas: no hay cifras públicas que confirmen ni la magnitud de las salidas ni la relajación de los requisitos, y las que se citan proceden de versiones interesadas. Lo verificable es el patrón. Cada vídeo de reclutamiento provoca la misma discusión, y la discusión nunca se cierra con un dato.