El bachillerato de excelencia que hunde la nota que Medicina exige
¿Puede un centro más exigente dejar a un alumno brillante fuera de la carrera que quiere? Esa es la pregunta que sobrevuela el caso de una estudiante de primero de bachillerato de excelencia en un instituto público madrileño, con la vista puesta en Medicina o Biotecnología, que ha pasado de no bajar del 7 a llevarse su primer suspenso: un
4,9 en Química. La escena la cuenta su padre: a la una de la madrugada, llorando, con el examen del día siguiente aún por delante. «Ella renuncia, no puede más», resume.
No es un caso aislado ni un problema de esfuerzo. La chavala estudia día y noche. Lo que se ha roto es otra cosa: la relación entre lo que trabaja y la nota que le devuelven.
Por qué la nota de bachillerato pesa más que la Selectividad
El sistema reparte la nota final de acceso entre un
60% de bachillerato y un 40% de Selectividad. Ese reparto es la clave de todo. Si el centro infla o deprime las notas de aula, el efecto se arrastra a la nota de corte, y la Selectividad —que es un examen común, igual para todos— apenas corrige el desequilibrio.
De ahí la contradicción que denuncia el padre. Un alumno con hábito de estudio puede sacar sobresalientes en un instituto más laxo y ordinario, mientras otro con el mismo talento se queda en la franja media por el simple hecho de competir en un entorno donde el listón está mucho más alto. El resultado no premia al que más sabe, sino al que eligió la puerta más fácil.
Hay quien sostiene, en contra, que el centro duro forja hábitos y prepara mejor el salto a la facultad. Es un argumento razonable hasta que se aplica a alguien que ya estudia sin que nadie se lo pida.
Los dos exámenes de Matemáticas que muestran la brecha
Para probar que la diferencia no es psicológica, el padre cuelga dos controles de Matemáticas: el de la clase de su hija y el del bachillerato ordinario. La conclusión de quienes comparan ambos papeles es tajante:
alguien que saque un 5 en el primero rondaría el sobresaliente en el segundo. El examen de excelencia incluye números complejos y cónicas que en el otro ni aparecen.
Poca broma con la distancia. No es que el temario sea «más profundo»: es que las mismas notas miden cosas distintas en cada aula. Y en Selectividad, donde la prueba es la misma para todos, la foto final no perdona.
El alumno que cambió de instituto y acabó con un 13
El caso que más ha dado que hablar es el de un chaval que estaba a punto de dejarlo todo y pasarse a una FP en el mismo centro de excelencia. Sus padres lo sacaron tras primero de bachillerato, lo matricularon en otro instituto y el resultado fue
un 10 de media y un 13 en Selectividad, plaza en una de las facultades más duras del país y matrícula de honor en el primer curso universitario. De la cuerda floja al expediente de oro, con el mismo estudiante.
Es una anécdota, no un estudio. Pero encaja con lo que sospechan muchas familias que están haciendo las maletas a mitad de curso.
¿Repetir curso para maquillar la Selectividad?
Otro punto espinoso: la estudiante cuenta que a los alumnos de segundo de bachillerato se les llega a proponer repetir si los profesores no confían en que vayan a sacar buena nota en Selectividad.
Que repita el que no llega, no el que va sobrado, protestan algunos.
La propia tutora, en la reunión con el padre, fue clara: Medicina es «muy, muy difícil», y conviene tener un plan B —enfermería, una privada, otra vía—. La chavala ha mejorado respecto al primer trimestre, pero con notas irregulares: un 8, un 5, un 7. Los profesores dicen que no estudia el día a día, sólo para los exámenes.
El ajuste de expectativas que nadie quiere hacer
Aquí el debate se parte. Unos defienden cambiar de centro ya: la prioridad es la nota, y nadie va a preguntar dónde se cursó el bachillerato. Otros piden cuidado con la autoexigencia, porque la lista de chavales brillantes que acaban con ansiedad o depresión en primero de carrera es más larga de lo que parece.
Y una tercera corriente, incómoda, sostiene que si un alumno necesita cincuenta horas semanales para sostenerse en un centro de élite, quizá no sea alumno para ese centro. No por falta de valía, sino porque la excelencia también es saber elegir la guerra que se puede ganar.
Con estos mimbres, el cesto se teje solo: menos presión, más nota, misma Selectividad. El milagro sería que alguien explicara por qué nadie lo había pensado antes.