El norte contra el turista madrileño: quién gana y quién pierde
Con el verano en marcha, Asturias, Cantabria y el País Vasco muestran una animadversión creciente hacia el turista de Madrid. La queja no es nueva, pero este año ha pasado de la barra del bar a un pulso con implicaciones económicas. Los locales hablan de masificación, alquileres disparados y una actitud que algunos consideran chulesca; los defensores del turismo recuerdan que la hostelería y el comercio viven de ese gasto. La pregunta de fondo es cuánto pesa la factura real del turismo interior frente al malestar.
La economía que se esconde tras el enfado
El argumento económico no es unánime. Por un lado, los negocios de hostelería, reformas e inmobiliario del norte llevan décadas dependiendo del cliente madrileño. Se citan ejemplos como Benidorm, donde desde los años 70 la convivencia entre orígenes distintos funciona sin grandes choques. Por otro, se sostiene que el turista actual gasta menos que el de antaño, que llena los pueblos y apenas deja margen. La comparación con el turista extranjero, que suele dejar más dinero, alimenta la sensación de que el esfuerzo no compensa.
Funcionarios, vivienda y agravios comparativos
En Cantabria la discusión salta al terreno institucional: hay quien recuerda que es la comunidad con más funcionarios per cápita y que la financiación autonómica se ha convertido en un factor de tensión. Los alquileres suben en las zonas turísticas y el madrileño se convierte en el símbolo de una presión que también viene de fuera de España. Se habla incluso de turismo sanitario y de la EVAU inflada como agravio, un terreno pantanoso donde el dato real se mezcla con el prejuicio.
La turismofobia no es espontánea o sí
Hay quien ve detrás de la ola antiturista una campaña orquestada que busca enfrentar a Madrid con el resto de España. La prensa local, dicen, etiqueta al infractor como «un madrileño» y magnifica episodios aislados, como el famoso caso de la viajera del Alsa durante la pandemia. Enfrente, otra corriente lo reduce a sociología básica: el gregarismo del verano, la falta de infraestructuras y la incapacidad de gestionar la masificación.
El dato que descoloca en este cruce de acusaciones: el agua del Cantábrico sigue a 16 grados. Y aun así, las playas del norte no bajan de ocupación. Quizá el problema no sea el turista, sino un modelo que ha llenado el Cantábrico de veraneantes sin construir una economía capaz de digerirlos.