Wi-Fi y salud: 25.000 estudios citados frente a la física de la intensidad
A comienzos de 2019, un texto que atribuye al Wi-Fi siete efectos biológicos graves —estrés oxidativo, daño al ADN de las células espermáticas, apoptosis, cambios endocrinos, sobrecarga de calcio y alteraciones neuropsiquiátricas, entre otros— volvió a circular como advertencia sanitaria. La tesis no es nueva y llega con bibliografía: sostiene que cada uno de esos siete efectos es un daño 'establecido' y que el mecanismo principal es la activación del canal de calcio dependiente de voltaje, el VGCC. Enfrente, el argumento de manual: el Wi-Fi es radiación no ionizante y la radiación no ionizante no arranca electrones de los átomos. Los dos frentes no se movieron un milímetro.
Qué afirma la revisión que señala al Wi-Fi
El planteamiento es ambicioso. Sostiene que los siete efectos están documentados «cada uno en 10 a 16 revisiones» y que todos aparecen también con otras microondas, lo que los convertiría en efectos generales de ese tramo del espectro. Añade cinco propiedades: los campos pulsados son más activos que los continuos, los polarizados más que los no polarizados, la curva dosis-respuesta es no lineal, los efectos se acumulan y los jóvenes serían más sensibles que los adultos.
La munición histórica no es menor. La revisión de
Tolgskaya y Gordon, 146 páginas publicadas en 1973, ya situaba el sistema nervioso, el corazón y los testículos como los tres órganos más sensibles a las microondas no térmicas en roedores. De ahí se salta a la cifra que más incomoda: un metaanálisis de Levine et al. (2017) recoge descensos de
más del 50% en cantidad y calidad espermática en los países tecnificados, y el autor principal habría llegado a sugerir que ese solo efecto podría comprometer la reproducción humana.
¿Por qué se dice que el Wi-Fi es inocuo si es radiación?
Porque lo que daña no es la frecuencia, sino la energía depositada por partícula, y ahí no hay discusión. La respuesta que domina la conversación es la del vaso de agua:
no es lo mismo beberse un vaso que diez litros. La exposición de un router doméstico se sitúa en el orden de décimas de vatio, frente a los 900 vatios que un microondas necesita para calentar un filete en un minuto.
El propio material desliza que el Wi-Fi maneja menos energía que la luz visible, del mismo tipo de onda. Y aparece el dato de los radioenlaces: la banda de 60 GHz, que según uno de los participantes se usa desde hace décadas en enlaces militares y de telefonía, va acompañada de la advertencia de que esas antenas son direccionales y que la exposición real, a ras de calle, es de segundos. Aquí se abre la brecha: los más críticos sostienen que esos enlaces arrasan todo lo que encuentran en su camino, pisos incluidos, y que la normativa europea no siempre se aplica.
¿Existe la sensibilidad electromagnética?
Es el punto donde el relato se rompe. Frente a la afirmación de que una sentencia de un tribunal superior reconoce una dolencia que afecta a
13 millones de europeos, la objeción es empírica: en pruebas de doble ciego los afectados no enferman cuando reciben radiación, enferman cuando se les dice que la reciben. Es decir, efecto nocebo, el reverso del placebo, con la radiación de moda como detonante.
La anécdota que mejor lo ilustra la aporta un vecindario entero: una antena junto a las vías del tren a la que se atribuyeron los cánceres y dolencias del pueblo durante meses. La antena, según ese relato,
nunca había estado operativa. El episodio sirve a los escépticos para cerrar el círculo: si el daño aparece sin emisión, la causa está en otra parte.
5G, coronavirus y las cifras que no encajan
En la parte final del asunto entra la sospecha de manual: la supuesta relación entre el despliegue 5G, las bandas de 60 GHz y la pandemia. No hay aquí una tesis verificable, solo la costumbre de encadenar sentencias judiciales, prohibiciones escolares en Francia, Chipre e Israel y la resolución 1815 del Consejo de Europa como si fueran eslabones de una misma prueba.
El contrapunto es un dato doméstico difícil de esquivar. Según las series del INE, entre 1981 y 2018 los tumores del encéfalo
se redujeron a la mitad en España, también en los niños, justo en el periodo de expansión de la telefonía móvil y el Wi-Fi. Ninguna de las dos partes ha explicado todavía cómo conviven un despliegue masivo de emisores y una caída de la incidencia de esos tumores.
Queda la pregunta que nadie cierra: por qué un cuerpo enorme de publicaciones sobre efectos no térmicos no se traduce en un consenso replicable. Los defensores de la tesis acusan a la industria de capturar la investigación; los críticos replican que la mayoría de esos trabajos usan irradiancias irreales, estadísticas sin variables controladas o autopublicación. Con veinticinco mil artículos en un lado de la balanza y un puñado de pruebas de doble ciego en el otro, la distancia no se mide en datos. Se mide en a quién se cree.