Europa, entre la energía rusa y la ruta de la seda china
Europa no tiene soberanía política real. Esa es la tesis que recorre de arriba abajo el planteamiento que abrió este asunto: la UE sería un conglomerado de Estados que han delegado competencias en una estructura tecnocrática sin control representativo, y mientras no exista una unidad política con poder constituyente propio —una república federal europea, se argumenta— todo planteamiento geoestratégico es ilusorio. Sobre esa base se discute si Bruselas debería mandar a paseo a Washington, recuperar la energía barata rusa e integrarse en la ruta de la seda 2.0 junto a China.
El coste de romper con el gas ruso
El argumento central es económico. El Estado del bienestar europeo de la segunda mitad del siglo XX se levantó, se sostiene, sobre la energía barata procedente de Rusia. Romper esa relación habría dejado a la industria alemana en la lona, y encima ahora recibe aranceles por parte de Estados Unidos. La conclusión que extraen quienes defienden esta tesis es incómoda: se acepta como normal algo objetivamente nocivo para los intereses europeos y se rechaza algo que objetivamente funcionaba.
La réplica llega por la vía del dato histórico. El porcentaje de energía soviética que llegaba a los países democráticos era muy pequeño en los años 60 y 70, cuando se completaron las primeras conexiones, y fue creciendo poco a poco hasta la caída del muro, pero seguía siendo relativamente bajo. Si el punto de partida es erróneo, el resto del razonamiento se cae. La contra-réplica no se hace esperar: buena parte de ese crudo llegaba a través de intermediarios, de modo que a cien toneladas de petróleo ruso le bastaba una de petróleo turco para pasar como tal.
¿Es Estados Unidos un socio o un colonizador?
Aquí el debate se parte en dos. Una corriente sostiene que Europa es hoy poco más que una colonia de los anglos, con bases militares estadounidenses en territorio español y una política exterior alineada por miedo más que por convicción. La asociación con Washington, se dice, no se basa en la defensa propia sino en evitar ser objetivo de su ira. Y se recuerda que las únicas potencias que han utilizado armamento nuclear contra población civil han sido los propios estadounidenses.
La otra corriente responde con el ejemplo japonés y con el este de Europa: pregúntese a los japoneses si prefieren ser colonia americana o rusa. España, hasta que llegaron los créditos de desarrollo del Banco Mundial, era un desastre, y cualquier argumento en ese sentido rebota. La contrarréplica vuelve al yen: Japón acabó con su política monetaria condicionada por la estadounidense, porque si el Banco de Japón sube tipos el bono a diez años estadounidense revienta.
China, Argelia y el Sáhara: la geometría variable
En el flanco comercial, la idea de fondo es que China potencia su ámbito de influencia por la vía económica mientras Estados Unidos lo hace por la militar, y que entre uno y otro la elección está clara si no fuera por el miedo a una reacción de Washington. Se subraya que China consume aceite de oliva, vinos, joyería, moda, perfumería, embutidos y turismo europeos, y que la competencia automovilística se gana aumentando la competitividad, no con aranceles, que se consideran cosa de comunistas. Además, se apunta, Pekín no tendría problema en implantar factorías en Europa con el empleo que ello supondría.
El otro eje es Argelia. Se plantea que España debería hablar con Argel, aunque Argelia ya tiene muchos novios, Francia e Italia entre otros, y que en el Sáhara, entre España, China y Argelia, se le podría preparar una a Marruecos. La objeción es inmediata: ¿y cuál sería la reacción de Estados Unidos? Podría golpear desde sus bases en territorio español. Ese miedo, se dice, impone.
La UE como penúltimo intento alemán
No todo el descontento apunta en la misma dirección. Hay quien lee la UE como el penúltimo intento de Alemania de conquistar Europa: tras fracasar con las armas lo habría intentado por la vía económica, y ahora, con Alemania desactivada, el papel que le reserva el futuro a la UE sería el de comparsa de unos u otros, o directamente un colapso que nos coloque a niveles africanos. Otra línea pide disolver la UE por ser la excusa de Francia y Alemania para atar en corto al sur del continente.
Soberanía nacional contra la impresora de moneda
La propuesta de una España soberana, una, grande y libre, choca con una advertencia concreta: entregar el control de la impresora a la clase política actual llevaría a una inflación que haría de la argentina una broma. Y en el otro extremo, el argumento de que superado el 40% de deuda exterior neta sobre PIB se pierde toda soberanía por definición, de modo que el problema no es el euro sino quienes endeudaron el país hasta las cejas.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que nada de esto se mueva mientras no cambie la correlación de fuerzas dentro de la propia UE. Aunque conviene recordar que las predicciones en economía suelen envejecer mal.