Fabio McNamara: de icono de la Movida al rosario a los 67 años
A los 67 años, el que fuera uno de los rostros más reconocibles de la Movida madrileña aparece ahora en el rezo público del rosario, junto a los que se citan en Ferraz. En 2006 anunció que cambiaba radicalmente de vida para abrazar a Cristo. Casi dos décadas después, su presencia en el oratorio del Caballero de Gracia y en convocatorias de oración ha reabierto una discusión que excede su biografía. Porque su caso no se discute como una noticia religiosa más: se discute como un problema de contabilidad moral.
Quién es Fabio McNamara y qué se le atribuye
Su nombre va pegado a una escena concreta: el Madrid de los ochenta, la noche, el exceso y la provocación estética. En el relato que acompaña a su figura se le identifica con Patty Diphusa, ese alter ego que resumía el espíritu de una época en la que pasarse de la raya era un mérito social. La vida que se le atribuye —décadas de alcohol y drogas— es, según se comenta, la que muchos de sus coetáneos no sobrevivieron.
Quienes siguen su rastro sostienen que el giro no es una pose nueva. Una versión que circula sitúa su tránsito en el
oratorio del Caballero de Gracia, en Madrid, y añade un detalle que se repite mucho: antes compraba la droga justo enfrente de la iglesia. Otros lo leen como el enésimo movimiento de un provocador profesional, alguien que hizo de la incomodidad su oficio y que ahora incomoda desde el otro lado. Las dos lecturas caben en el mismo hombre.
¿Por qué su conversión se compara con el socialismo?
El razonamiento que más ruido hace es este: si quien cumple toda su vida recibe el mismo premio que quien se arrepiente al final, entonces el esfuerzo no sirve de nada. Es la parábola de los trabajadores de la viña —los contratados a última hora cobran igual que los de la primera— y es el hijo pródigo, cuyo hermano cumplidor se queja mientras el padre celebra el regreso. De ahí al símil con el reparto sin mérito hay un paso que muchos dan sin despeinarse.
La objeción no es menor. El arrepentimiento
no se planifica, no se finge ante quien lo ve todo, y la penitencia viene dentro del propio vicio. Hay quien añade un matiz que la lectura economicista se salta: nadie bebe ni se droga para ser feliz, sino para evadirse de una realidad que no aguanta. El premio, en todo caso, llega a alguien con la salud muy deteriorada, no a un ganador.
¿Qué se sabe del accidente en el que murió Tino Casal?
Casal falleció en un choque en la carretera de las Dos Castillas. Los detalles que se manejan: viajaba de copiloto, sin cinturón, y esa zona del coche se llevó el impacto contra la farola. Era el único fallecido. Conducía el baterista del cantante.
Fabio McNamara, íntimo suyo, no iba esa noche en el vehículo, aunque lo normal era que salieran juntos. Esa ausencia se ha convertido en uno de los detalles más comentados del episodio: la casualidad de no subir al coche. A partir de ahí la conversación deriva a terreno resbaladizo —teorías sobre el accidente, símbolos en el espectáculo de Casal, decisiones que se antojan inexplicables—, afirmaciones que se repiten sin ninguna prueba que las sostenga.
Por qué el rosario concentra la polémica
En el mismo paquete aparecen devociones concretas: el rosario de las dos mil avemarías, testimonios sobre ánimas del purgatorio y el episodio de la iglesia de Hiroshima, cuyos ocupantes habrían sobrevivido a la bomba sin rastro de radiación tras ser examinados por médicos en unas 200 ocasiones. Son relatos de devoción, no demostraciones. Se ofrecen como ilustración del poder que se atribuye a la oración y como tal deben leerse: quien busque una verificación científica ahí no la va a encontrar.
Del Valle de los Caídos al rosario: el perfil incómodo
Hay además un perfil político que no encaja en el guion esperado del converso discreto. Se le atribuye una declaración durante una visita al Valle de los Caídos: «Que Franco resucite, salga vivo y sea nuestro caudillo». A unos les parece coherente con su papel de agitador; a otros, la prueba de que todo esto es postureo de un personaje que medró a la sombra de un gobierno y que ahora se arrima a otro relato.
El choque de lecturas es total. Unos ven en él a alguien que ha encontrado el camino; otros, a un tipo que ha entendido que en el circo mediático siempre hay un hueco para el arrepentido llamativo. Y algunos, simplemente, agradecen que no haya acabado como la mayoría de los suyos.
El caso se atasca exactamente ahí, en un punto que ningún dato resuelve: la sinceridad de un arrepentimiento no se mide desde fuera. Lo único verificable es que un símbolo de la España del exceso lleva años rezando en público a los 67 años, y que eso, a partes iguales, escandaliza y reconcilia a quien lo mira.