Incendio de Valencia: la fase del «no ha pasado nada»
Dos torres de viviendas en Valencia se convirtieron en una tea en cuestión de minutos. El fuego, originado según las primeras hipótesis en el mecanismo de un toldo, se propagó por la fachada hasta dejar los edificios reducidos a la estructura de hormigón. Y entonces llegó la fase que ya conocemos: calma, no hay que alarmar, la siniestralidad es muy baja, esto hay que analizarlo con mucha calma. El patrón recuerda demasiado a otros episodios recientes en los que el relato oficial consistió en pedir tranquilidad mientras los datos apuntaban en dirección contraria.
Lo llamativo no es que un decano de un colegio profesional salga a pedir serenidad. Lo llamativo es el argumento: que el edificio cumplía la normativa. Es decir, que el problema no es que la norma permita fachadas que arden como una falla, sino que la norma se cumplió. Si el primer requisito de un edificio es no matar a sus ocupantes, la pregunta es cómo un inmueble de 2005 podía cumplir la normativa y a la vez estar esperando a incinerar a quien vive dentro.
El argumento de la siniestralidad baja
El razonamiento que más estupor genera es el de la frecuencia. Hay edificios que pueden convertirse en una barbacoa de sus ocupantes, pero como no arden muy a menudo, el riesgo resulta aceptable. Es la misma lógica que llevó a repetir durante la pandemia que había que seguir con la vida normal porque el porcentaje de afectados era bajo. La estadística como coartada: si el suceso es raro, no hay que cambiar nada.
El problema de ese argumento es que confunde probabilidad con consecuencia. Un edificio puede tardar décadas en arder y, cuando lo hace, llevarse por delante a decenas de familias en menos de una hora. La siniestralidad baja no es un consuelo para quien vive en el edificio que sí arde. Es un dato que describe el pasado, no una garantía sobre el futuro.
«Un edificio de 2005 ya no es actual»
La segunda línea de defensa es la temporal. Desde determinados medios se sostiene que el desastre de Valencia no puede pasar en un edificio actual. El inmueble siniestrado es de 2005. Por lo visto, un edificio de 2005 ya no es actual: está obsoleto, como los coches etiquetados como ecológicos hace dos décadas que ahora resultan muy contaminantes. La categoría de lo actual se redefine según convenga.
El problema de ese argumento es que la normativa relevante no cambió de forma sustancial en 2006 en lo que respecta a este tipo de siniestros. Si el marco legal era prácticamente el mismo antes y después, la distinción entre edificio actual y obsoleto se desmorona. No estamos ante un problema de antigüedad, sino ante un problema de diseño y de materiales que la norma permitía.
La culpa del toldo y del viento
El tercer movimiento es la atribución del origen. La culpa es del toldo. Y del viento. Como si nunca hubiera habido incendios con viento o con toldos. La causa inicial puede ser un cortocircuito en el mecanismo de un toldo, pero eso no explica que dos torres completas ardieran hasta la estructura en menos de una hora. La diferencia entre un incendio doméstico y una catástrofe de esta magnitud está en la propagación, no en la chispa.
Es la misma operación que se hizo con los pinchazos: la gente se muere por caídas domésticas, o porque le dio una reacción, o por cualquier cosa menos por la intervención concreta. La causa próxima sirve para tapar la causa estructural. Y mientras se discute si fue el toldo o el viento, nadie discute por qué la fachada estaba hecha de un material que propaga el fuego a velocidad de vértigo.
Lo que ya se sabía desde 1998
Hay un dato que desmonta la tesis de la imprevisibilidad: hay quien sostiene que los técnicos saben al menos desde 1998 que poner determinados materiales plásticos en las fachadas es un disparate. No hacía falta que ardiera un edificio para saberlo. La Grenfell Tower de Londres, en 2017, ya dejó claro el patrón. Y antes hubo otros episodios: en 1983 ardió el local de Alcalá 20; en 1990, la discoteca Flying de Zaragoza. Siete años entre uno y otro. El mismo guion, distinto escenario.
La responsabilidad profesional de arquitectos y aparejadores era decir a los constructores que no se ponen materiales inflamables en las fachadas porque el primer requisito de un edificio es no matar a sus usuarios. No lo hicieron. Y ahora, cuando el desastre ocurre, el decano del colegio profesional sale a decir que no hay que alarmarse. En una sociedad con honor, dimitiría. En esta, pide calma.
La prohibición de hacer fotos y el control del relato
El control de daños incluye la gestión de la información. Según las informaciones publicadas, se ha prohibido hacer fotos dentro de las torres siniestradas. No quieren más impacto emocional. Se permite a los vecinos volver a recoger sus enseres, pero no documentar gráficamente el estado del interior. El resultado previsible es que en una semana el asunto desaparezca de los medios. De otros temas se habló durante meses.
El objetivo es evitar que la gente se haga preguntas sobre dónde vive exactamente, qué clase de edificio habita y cómo está hecho. Porque la conclusión obvia es incómoda: los edificios de ladrillo visto, terrazo y marcos de acero de hace décadas son infinitamente más seguros ante el fuego que las fachadas ventiladas con materiales ligeros. Nadie quiere que el ciudadano llegue a esa conclusión por su cuenta.
La responsabilidad del Estado y la investigación que no llega
Si el Estado legisla, pide permisos y cobra tasas, el Estado se arroga la responsabilidad de vigilar. Si no ha vigilado correctamente, el Estado es responsable. En el Reino Unido, tras Grenfell, se dijo que el Estado no era responsable de nada. Aquí se empieza a hablar de la responsabilidad del Estado, pero con la misma cautela con la que se pide calma.
Mientras tanto, la investigación se anuncia larga. No se puede culpar a ningún material en concreto. No se puede saber qué ha ardido. Habrá que esperar. Con mucha calma. Sin prisa. Total, solo es un asunto de miles de personas viviendo en edificios que son fallas a la espera de ser encendidas. La predicción, con todas las reservas, es que la investigación se alargará lo suficiente para que el asunto deje de interesar. Y entonces, hasta la próxima.