1898: entregar Cuba a cambio de una guerra de cartón
La derrota española de 1898 no fue militar, fue negociada. Esa es la tesis que sostiene Federico Santaella en «1898. Crónica de una derrota pactada», y en torno a ella se ha reconstruido un relato incómodo: España no perdió Cuba y Filipinas por inferioridad de medios, sino porque sus gobernantes pactaron en secreto la entrega de los últimos territorios con Washington y después escenificaron una guerra que nunca tuvieron intención de ganar.
Más de cien mil soldados españoles en la isla frente a quince mil estadounidenses, según ese recuento, serían la prueba de que algo no encaja en la versión oficial.
Qué defiende la tesis del pacto secreto
El punto de partida es que la correlación de fuerzas no era la que cuenta el manual. En tierra, el Ejército español superaba ampliamente al adversario y estaba mejor armado. En el mar, la escuadra enviada al Caribe —y no era la mejor disponible— resultaba competitiva: más torpedos, buques más rápidos y destructores frente a unidades más pesadas. Sobre el papel, la ventaja era discutible pero real.
Lo que no cuadra, según esta lectura, es la gestión de esa ventaja. El almirante Cervera desplazó sus buques hacia el Caribe
lo más lentamente posible, pese a que casi doblaban en velocidad a los estadounidenses. Y la salida de la bahía de Santiago se hizo a plena luz del día, de uno en uno y a velocidad de desfile, con rumbo a la playa más cercana para embarrancar. La pregunta que sobrevuela el relato entero es por qué nunca se investigó la relación de Cervera con la masonería, cuando liberal y masón eran casi la misma cosa.
Sagasta, el grado 33 y el submarino de Peral
El nombre que aparece en todas las versiones es el de Práxedes Mateo Sagasta, presidente del Gobierno en el momento del desastre.
Se le atribuye el grado 33 del Gran Oriente y la máxima autoridad masónica de España, dato que el relato utiliza para explicar una entrega envuelta, dicen, en el discurso de «la paz y la armonía entre los pueblos» que hoy sigue sonando en boca de cualquier gobernante. Antes de eso, su gabinete anuló la compra del submarino de Isaac Peral —un arma que España tenía en exclusiva— y desartilló varios buques de guerra.
Ahí está el núcleo del enfado: no se trataría de incompetencia, sino de cálculo. La flota enviada a Cuba era mejor que la estadounidense incluso sin contar con los mejores barcos, disponía de más torpedos y de navíos rápidos. Y aun así se perdió sin intentar aprovechar ni una de esas bazas.
«La superioridad de los acorazados fue palpable»
No todos compran la tesis. Una parte del análisis sostiene que las derrotas de Santiago y Cavite fueron inapelables: los acorazados estadounidenses tenían mejores prestaciones y mejor mantenimiento, y Cervera no era el hombre adecuado para mandar una escuadra en esas circunstancias. La superioridad, argumentan, era real, y ninguna trama explica un combate perdido a cañonazos.
Frente a eso, los defensores del pacto señalan detalles incómodos. Los destructores
Furor y
Plutón, los más modernos de la flota, fueron hundidos por un yate de recreo al que se habían instalado unos cañones, sin que el yate recibiera un solo daño. En tierra, los fusiles Mauser españoles eran superiores al Springfield estadounidense, y en las colinas de San Juan hizo falta una superioridad numérica aplastante para desalojar a los defensores. Ninguna de las dos partes ha movido a la otra de su sitio.
Weyler, Cánovas y la destitución que cambió Cuba
Aquí la discusión se vuelve más concreta. El general Weyler tenía prácticamente derrotados a los insurgentes y el presidente Cánovas del Castillo estaba decidido a invertir
hasta la última peseta en defender la españolidad de la isla. Cuando Cánovas fue asesinado, lo primero que hizo el gobierno de Sagasta fue destituir a Weyler. La versión oficial responde que el relevo obedecía a la presión internacional y al coste insostenible de la campaña, pero el orden de los acontecimientos es el que es.
El bloqueo se refuerza con el detalle logístico: el general Toral mandaba unos
8.000 hombres frente a los
25.000 del general Shafter, y aun así los estadounidenses estuvieron a punto de retirarse del ataque a Santiago. Si la columna de socorro enviada desde Manzanillo al mando del coronel Escario hubiera llegado antes de que zarpara la escuadra de Cervera, el resultado podría haber sido otro.
Los telegramas que exigían rendir toda Cuba en julio de 1898
La documentación más citada son los telegramas cruzados entre el gobierno de Sagasta y el capitán general Blanco. De ellos se deduce, según esta interpretación, que Madrid quería la rendición de todas las guarniciones de la isla
el 12 de julio de 1898, antes incluso de que cayera Santiago. Blanco amenazó con dimitir y su respuesta parece colegiada, pactada con el resto de generales destinados en La Habana. Habría habido, por tanto, un conato de motín de la cúpula militar contra las órdenes recibidas.
Sagasta intentó censurar los telegramas. Se publicaron igualmente y provocaron un escándalo mayúsculo: aparecieron en «El Siglo Futuro» el
21 de febrero de 1899. El desglose completo de esa correspondencia, con las respuestas atribuidas a la cúpula militar de la isla, es la pieza que más ha alimentado la sospecha de una rendición ordenada desde Madrid y no impuesta desde el campo de batalla.
La entrega como intercambio: África a cambio de ultramar
La explicación que gana peso no es la traición pura, sino el canje. La hipótesis más repetida sostiene que el paquete Cuba-Puerto Rico-Filipinas se cedió para salvar el resto del mapa: Estados Unidos habría amenazado con invadir Canarias y algún otro territorio africano. ¿Era la amenaza real? ¿Qué margen tenía España frente al imperio emergente? Nadie cierra la respuesta.
Lo que sí se repite es el patrón. El Sáhara Occidental dejó la misma sensación de entrega con explicación oficial: una compensación por las infraestructuras de Fos Bucraa que, según esta versión, nunca llegó a pagarse y que habría acabado en pagos bajo mesa de los que no hay rastro documental.
Lo que no van a hacer es pagar dos veces, resume el argumento con sorna.
El desenlace de todo esto tiene una consecuencia más incómoda que el propio desastre: si España no perdió por inferioridad, entonces perdió por decisión. La investigación sobre los telegramas, las capitulaciones de Santiago y Guantánamo y el papel real del submarino de Peral sigue abierta, y mientras siga abierta, la tesis del pacto tendrá donde agarrarse. Cabe esperar que algún archivo, militar o diplomático, termine de encajar las piezas. A la velocidad con que se han desclasificado los papeles de aquella época, no parece que vaya a ser pronto.