Feminista y madre: «Lamento que mi hijo sea heterosexual»
Hay deseos que deberían quedarse en el pensamiento. Una activista feminista ha convertido el suyo en titular de televisión: lamenta que su hijo de tres años sea hombre y, aparentemente, heterosexual. «Yo quiero que sea gay, pero no pierdo la esperanza», llegó a decir ante un entrevistador que, según quienes lo vieron, no sabía si reír o callar. El vídeo corre como la pólvora y la polémica ha estallado. Detrás del chascarrillo asoma una pregunta incómoda: ¿es aceptable desear la orientación sexual de tu hijo?
Un hijo como accesorio, no como persona
Hay quien sostiene que esta madre no parece querer un hijo homosexual real, sino un personaje: «siempre alegre, ingenioso, extravagante y disponible para animar reuniones, acompañarla al Orgullo y reforzar ante los demás su imagen de mujer moderna y tolerante». Esa versión cosmética del gay de escaparate poco tiene que ver con la orientación sexual de una persona real. Es narcisismo disfrazado de aceptación.
El problema no es el deseo en sí, sino la reducción de un niño a un reclamo ideológico. Nadie imagina a ese crío creciendo con dudas, pareja, contradicciones y vida propia. Lo que se reclama es un accesorio vital para el ego materno.
La doble vara de medir: hetero sí, gay no
La reacción también ha destapado la asimetría. Si un padre dijera en público que lamenta que su hijo sea homosexual, la fiscalía estaría detrás. Pero si el lamento es porque el niño es heterosexual, se enmarca como una broma o, como mucho, un exceso de celo progresista. «Si fuera al revés, las autoridades ya estarían abriendo causa penal», resume una corriente de opinión muy extendida.
La incoherencia es doble: la misma persona que probablemente defiende la libertad sexual de los adultos se permite proyectar sobre un hijo de tres años una orientación concreta. La orientación no se decreta ni se suplica. Se descubre.
El crío, el gran olvidado
Mientras unos se escandalizan y otros lo quitan hierro, el niño sigue ahí, con tres años, ajeno al vídeo que circula. Dentro de unos años podrá verlo. No es difícil imaginar el impacto de escuchar a tu madre lamentar públicamente quién eres. La psicología infantil lo dice claro: los mensajes parentales sobre la identidad condicionan el desarrollo emocional. No hacen falta estudios —están, pero no hacen falta— para saber que un crío necesita sentir que sus padres lo aceptan tal cual es, no como ellos soñaron que fuera.
Algunos alegan que fue una broma privada que se ha sacado de contexto. Puede ser. Pero las bromas sobre la identidad de un hijo, grabadas en vídeo, tienen fecha de caducidad larga. El chiste de hoy puede ser la herida de mañana.
La pregunta queda flotando: ¿qué habría pasado si el deseo hubiera sido el contrario? Y, sobre todo, ¿qué sentirá el niño cuando crezca y descubra que su madre perdió la esperanza precisamente por eso? No es una victoria de nada. Es, como mínimo, un triste triunfo de la ideología sobre la infancia.