Finlandia aparece en cabeza del paro europeo
¿Qué ha pasado en Finlandia para que aparezca en cabeza de las listas de desempleo europeas, junto a España y Grecia? El dato, que hace una década habría sonado a chiste, tiene varias lecturas y ninguna es cómoda. El país que fue referencia del Estado del bienestar nórdico, hogar de Nokia y ejemplo de competitividad, aparece ahora en el faldón de las estadísticas. La primera explicación que circula apunta a la inmigración: según un cálculo que circula, la población activa creció cerca de un 1% anual tras la pandemia y el
44% del aumento total del desempleo se atribuye a esa nueva fuerza laboral, con una tasa de empleo del 59,6% frente al 73% de la población general. El idioma y las exigencias de cualificación harían el resto.
Qué ha pasado en Finlandia: Nokia, Rusia y el fin del mito
El relato del milagro nórdico se agrieta por varios flancos a la vez. El primero es industrial. Según un participante, Nokia llegó a acaparar el
70% del mercado de valores y el 20% de las exportaciones finlandesas, y su caída arrastró al conglomerado entero. La apuesta fallida por MeeGo —primero con Intel, después con Microsoft— se recuerda en el hilo como el error que dejó al país sin su gran motor tecnológico. El segundo es geopolítico: la ruptura de relaciones con su mayor socio comercial y el gasto en defensa derivado del ingreso en la OTAN han tensado las cuentas públicas, según varios mensajes. Y el tercero es estructural: un país rural, frío y encajonado contra un vecino incómodo tiene menos margen para generar actividad que una economía con ciudades potentes, sostiene otro usuario.
El paro finlandés frente al dato español: ¿quién manipula las cifras?
Aquí el asunto se envenena. Una parte del análisis sostiene que Finlandia simplemente
cuenta bien a sus parados, mientras en España las cifras oficiales esconderían una realidad bastante peor. Se llega a afirmar que, con los datos reales, España estaría en el primer puesto. Otros recuerdan que los fijos discontinuos, los inscritos en cursos de formación y quienes no se registran porque directamente pasan de trabajar no computan igual en todos los países. La comparación, por tanto, es más frágil de lo que parece. Lo que sí admite poca discusión es que la pérdida de tejido productivo es un fenómeno común a media Europa, no una exclusiva finlandesa.
Los nórdicos ya no son lo que eran: Suecia, Dinamarca y el resto
La sorpresa no es solo Finlandia. Hace quince años, ver a Suecia, Dinamarca o Luxemburgo codeándose con España y Grecia en las listas de paro habría parecido una broma. Hoy, quien haya visitado Copenhague vuelve con una sensación de orden y bonanza que no cuadra con las estadísticas; quien haya pisado Suecia describe otra cosa. El modelo nórdico se sostenía, según esta lectura, sobre una cultura del trabajo muy exigente y una población pequeña y homogénea que financiaba con gusto a una minoría vulnerable. Cuando esa base social cambia, el equilibrio se tambalea. No es una tesis demostrada, pero explica por qué el
paraíso escandinavo se ha convertido en objeto de debate.
El desenlace que nadie se atreve a fechar
Queda la pregunta incómoda: ¿esto es coyuntura o es el principio de algo más largo? Hay quien sostiene que en menos de diez años sabremos el desenlace final y que lo que estamos viendo es solo la mitad de la mitad. Otros creen que Finlandia sigue teniendo mimbres para recomponerse y que las cifras, sin ser buenas, tampoco son escandalosas. Lo único claro es que el país que fue espejo del bienestar europeo ha dejado de serlo, y que nadie sabe exactamente cuándo empezó a dejar de serlo. Ni siquiera los finlandeses.