La guerrilla telefónica que pone nervioso al capital
Un parado con tiempo libre y un número 900. La ecuación parece trivial, pero para algunos se ha convertido en un arma de resistencia económica. Cada minuto que un teleoperador atiende una llamada sin sentido le cuesta a la empresa entre 0,30 y 0,50 euros en salario y gestión. El cliente no paga nada. ¿Y si multiplicas ese coste por miles de llamadas?
La táctica del producto inexistente
La estrategia es simple: llamar a líneas gratuitas de grandes superficies, bancos o aseguradoras y hacer perder el tiempo al empleado con consultas absurdas. Una de las recetas más detalladas apunta a El Corte Inglés (900 363 900). Consiste en preguntar por un robot de cocina que no existe, con todo lujo de detalles: marca, modelo, color. El teleoperador busca, consulta catálogos, pregunta a compañeros. Diez minutos perdidos, facturados por la empresa.
La garantía retroactiva es otra variante: simular que se pagó una extensión de garantía años atrás y que no se encuentra el ticket. El empleado debe indagar en sistemas antiguos, llamar a departamentos. El tiempo corre, el coste se acumula.
¿Sabotaje o infantilismo?
La crítica es inmediata: quien pierde tiempo es el propio llamante, que no cobra nada. Pero el defensor de la guerrilla responde con un argumento de fondo: su tiempo no vale para el capital. No produce plusvalía porque no tiene empleo o cobra el IMV. Cada minuto que dedica a molestar es tiempo vacío que se convierte en coste real para la empresa. “Multiplica por mil parados aburridos y verás el agujero”, sentencia.
La discusión no es menor en un contexto de desempleo estructural y precariedad. ¿Hasta qué punto el ciudadano sin nada que perder puede usar el sistema de atención al cliente como campo de batalla? Las empresas, por su parte, ya internalizan estas pérdidas en sus costes de servicio, pero el debate sobre el límite entre queja legítima y sabotaje sigue abierto.
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