La foto de 1867 que retrata a los últimos defensores de Gerona
La imagen de los defensores de Gerona no se tomó durante el sitio. Data de 1867, casi 60 años después de que la ciudad capitulara ante el ejército francés, y muestra a un grupo de ancianos —algunos con capa, uno de ellos de piel oscura— que sobrevivieron a siete meses de asedio. Las cifras del episodio son de otra escala:
18.000 soldados franceses a las órdenes del mariscal Augereau frente a
5.600 defensores. Alrededor de la fotografía se ha montado una discusión que desborda por completo la Guerra de la Independencia.
¿Qué ocurrió en el sitio de Gerona de 1809?
El asedio arrancó el 6 de mayo de 1809. El general Álvarez de Castro disponía de 5.600 hombres para sostener una plaza castigada con
40 baterías y cerca de
60.000 balas de cañón repartidas a lo largo de siete meses. En agosto, las tropas francesas tomaron el castillo de Montjuich, pieza clave del sistema defensivo, y el responsable de la defensa ordenó levantar barricadas y trincheras dentro del propio casco urbano. La resistencia se alargó cuatro meses más.
Exhausto y enfermo, Álvarez delegó el mando en el brigadier Julián Bolívar. Dos días después, el
10 de diciembre de 1809, la ciudad capituló. Se estima que unas 10.000 personas, entre soldados y civiles, murieron dentro de los muros, y que las bajas francesas rondaron las 15.000, más de la mitad por enfermedad. Es decir: buena parte del ejército invasor no cayó por la metralla, sino por la enfermedad. La plaza no se tomó al asalto; se tomó por agotamiento. Ese detalle se cae solo de casi todas las crónicas patrióticas y da la medida exacta de lo que fue aquello:
un matadero de desgaste.
El Gran Día de Gerona y el ingeniero que sostuvo la defensa
El 13 de julio de 1809, el comandante de Ingenieros Guillermo Minali —nacido en Milán en 1757— dirigió personalmente un ataque que causó muchas bajas francesas y destruyó sus atrincheramientos en Pedret. Se le atribuye el papel de verdadero cerebro de la defensa. El episodio culminante llegó el
19 de septiembre, el llamado Gran Día de Gerona: el ejército imperial asaltó las murallas en tres oleadas y fue rechazado en todas ellas, con centenares de muertos entre los atacantes y bajas notables también del lado defensor.
Ninguno de esos golpes cambió el signo de la guerra. La resistencia de Gerona, comparable a la de Zaragoza, sirvió sobre todo para sostener la moral de una población que llevaba un año viendo pasar ejércitos. La propaganda hizo el resto: convertir una derrota anunciada en un
ejemplo de valor fue, probablemente, el único resultado tangible que se pudo vender.
De la resistencia a la pelea política del presente
Aquí se rompe cualquier consenso. Una parte de los análisis lee el sitio como una gesta estrictamente catalana; otra lo interpreta como un episodio de la historia de España en bloque, con la misma lógica que Zaragoza. Hay quien sostiene, sin aportar documentación, que los actuales gestores de la región habrían entregado la plaza a los franceses, y quien recuerda que la sublevación de 1808 respondió a saqueos, asesinatos y violaciones sistemáticas por parte del ejército invasor, antes incluso de Bailén.
El sentimiento antifrancés recorre el material de punta a punta. Se recuerda que en Pavía se capturó a Francisco I y se le dejó marchar con el Tratado de Madrid, renunciando Francia al Milanesado, Nápoles, Flandes, Artois y Borgoña, sin que la palabra dada sobreviviera al viaje de vuelta. Otros van más allá y reprochan el alineamiento histórico de Francia con el Imperio otomano frente a la corona española. Es
historia con rencor acumulado, y se nota en cada párrafo.
También se discute quiénes son los herederos. Un tramo del debate se enreda en si la memoria de aquellos hombres corresponde a los descendientes de quienes ya estaban allí o también a los de quienes llegaron después desde otras regiones del país. Nadie aporta un censo de 1809. Sobre esa ausencia se construye, de un lado y de otro, todo el relato identitario.
¿Por qué aparece un soldado de piel oscura en la fotografía?
La versión coloreada de la imagen ha pasado por herramientas automáticas, y ahí empieza el ruido. Hay quien asegura ver en uno de los retratados rasgos de un tenista español muy conocido, y quien responde que el algoritmo ha rellenado los rostros a su aire y que en la imagen original ese parecido no existe. Conviene no perder de vista lo obvio: la fotografía se tomó casi 60 años después del asedio, así que los
veteranos salen necesariamente ancianos, como los supervivientes de cualquier guerra lejana.
El otro detalle que se subraya es la presencia de un combatiente de piel oscura en una milicia europea de 1809, homenajeado junto al resto. Es un dato que a unos les parece excepcional y a otros, simplemente, una prueba de que la composición de aquellas tropas era más variada de lo que sugiere el imaginario de la época.
¿Es esta la fotografía más antigua de España?
No. La imagen más antigua que se conoce de una persona en España está fechada en
1843 y muestra a un chaval vestido de majo. La ventaja de la fotografía de Gerona es otra: retrata a un colectivo, no a un individuo, y permite poner cara a un episodio que hasta entonces solo existía en partes oficiales y grabados. Ninguno de aquellos hombres había nacido para ser fotografiado; la técnica llegó a sus vidas casi al final, y aun así posaron.
La fotografía de 1867 no resuelve nada de lo que plantea. Confirma que aquellos hombres existieron, que envejecieron y que alguien quiso retratarlos antes de que desaparecieran. Lo que no dice es qué se hizo con su memoria, ni por qué más de siglo y medio después una imagen de ancianos con capa sigue abriendo la misma discusión sobre quién tiene derecho a reclamarlos. Ahí, exactamente ahí, el análisis se queda sin suelo.