Supergirl fracasa en taquilla: 68 millones frente a 170 de coste
Warner Bros. ya daba por hecho que el arranque sería flojo: preveía entre 50 y 55 millones de dólares en Norteamérica para el estreno de Supergirl, una cifra que la propia compañía consideraba modesta para una película llamada a ser uno de los grandes lanzamientos del verano. El público respondió por debajo incluso de ese suelo. El acumulado se queda en menos de 68 millones de euros y el coste de producción ronda los 170 millones de dólares. Con esas dos cifras sobre la mesa, la rentabilidad no es una hipótesis: es una quimera.
Que nadie se lleve a engaño. No es mala suerte. Es la confirmación de un diagnóstico que llevaba años circulando por las salas y que, ahora, tiene factura.
Cuánto ha recaudado Supergirl y cuánto costó
Los números son de una crudeza poco habitual incluso para un verano de decepciones. Producir la película costó alrededor de 170 millones de dólares; recuperar esa inversión exige multiplicar la taquilla por varias veces, porque de cada entrada el estudio no se queda el precio completo. Un total por debajo de los 68 millones de euros deja la operación en terreno negativo sin necesidad de hacer cuentas finas. Y lo llamativo no es el desenlace, sino que la previsión ya era mala: cuando el escenario optimista de un estudio es perder dinero, algo se ha roto mucho antes del estreno.
El agotamiento del género de superhéroes
Hace una década cualquier título con capa era taquilla segura. Hoy la capa cotiza a la baja. En el análisis que domina la conversación aparece una idea recurrente: Supergirl no se concibe como película independiente, sino como pieza complementaria de la Superman estrenada el año anterior, un vehículo para mostrar algo más de Kripton y de la familia del kryptoniano. La jugada tiene sentido industrial —no se puede rehacer el Superman de 1978, que ya existe— pero deja a la protagonista sin músculo propio.
A eso se suma la competencia interna del propio género. La irrupción de propuestas como Invincible, un superhéroe adolescente en un mundo violento, empuja a los estudios a buscar un tono más duro. De ahí que se recurra a Jason Momoa como Lobo, un personaje excesivo y violento, y de ahí el aire de «grunge espacial» que ya marcaba la trilogía de Guardianes de la Galaxia firmada por James Gunn. El problema de copiar la fórmula de casa es que el público ya la ha visto.
De la taquilla a la guerra cultural
Ninguna discusión sobre esta película se queda en los números más de dos minutos. Enseguida salta el diagnóstico ideológico: hay quien sostiene que el fracaso es la factura de un cine de superhéroes «deconstruido» que solo interesa a los devotos más fanáticos, capaces de consumir cualquier producto por el mero hecho de llevar el sello. El paralelismo que más se repite es el de Star Wars: espectadores que dejaron de comprar cualquier novedad de la franquicia tras la trilogía secuela.
El ruido sobre el reparto y sobre la agenda identitaria ha terminado desplazando la conversación económica. Es legítimo discutirlo, pero conviene no confundir causa y efecto: una película puede pinchar a la vez por su política y por su calidad, y separar ambas cosas exige mirar la taquilla sin anteojeras.
El argumento que no depende de la ideología
El hallazgo más incómodo para el relato oficial es que, incluso descontando la polémica, la película sale mal parada. Quienes sí la han visto coinciden en el diagnóstico técnico: actores solventes, un Lobo que funciona, buenos efectos y una acción decente; y, enfrente, un guion caótico, una ambientación floja y un villano descrito, con retranca, como de bazar. Una mezcla que suena a Mad Max atravesado con Guardianes de la Galaxia y que no acaba de cuajar en ninguna de las dos direcciones.
A eso se añade un detalle de gestión que no ayuda: la protagonista habría cargado contra los fans críticos antes del estreno. Atacar al público al que le vendes la entrada nunca ha sido una estrategia comercial ganadora.
La taquilla ya no es el negocio
Hay una explicación que trasciende la película y apunta más arriba. La tesis es que los grandes estudios ya no necesitan que sus películas ganen dinero en la cartelera: el negocio real estaría en la mercadotecnia, un ecosistema que abarca juguetes, videojuegos, cartas coleccionables y expansiones infinitas. Bajo ese prisma, un fracaso de taquilla es una molestia contable, no una quiebra. Y explicaría por qué el estudio insiste en una línea creativa que el público castiga una y otra vez. Es razonable, aunque incompleta: si el cine no importara, nadie gastaría 170 millones en producirlo.
El patrón que se repite
La lista de precedentes es larga: el reboot femenino de Cazafantasmas, Catwoman, buena parte de la trilogía secuela de Star Wars. En todos los casos se repitió el mismo guion: gran presupuesto, recepción fría y una discusión pública que acabó hablando de todo menos de la película. La cita circula atribuida a Stan Lee —la gracia de un superhéroe está en sus debilidades: Spider-Man es un inseguro, Hulk un hombre atormentado, Lobezno un amargado— y funciona como manual de lo que aquí no se hizo. Cuando el personaje no tiene fisura alguna, la historia pierde tensión. Y sin tensión no hay taquilla.
Con menos de 68 millones recaudados y 170 de coste, la pregunta ya no es si Supergirl ha fracasado, sino cuántos batacazos más hacen falta para que alguien, en algún despacho de Burbank, decida cambiar la fórmula.