Franco y las causas de la Guerra Civil: el relato que no muere
Unas imágenes de Francisco Franco explicando las causas de la Guerra Civil han vuelto a circular estos días. En ellas, el dictador justifica el alzamiento como una respuesta necesaria ante la deriva revolucionaria del Frente Popular y la violencia anticlerical. No es nuevo: el régimen lo repitió durante cuarenta años. Lo que llama la atención es que su versión sigue encontrando eco en plena crisis del sistema democrático.
La legitimidad de la República, bajo sospecha
El debate arranca en abril de 1931. Según los análisis que circulan, la República no se proclamó tras unas elecciones, sino como consecuencia de la salida del rey. Y esa salida se produjo después de unas municipales en las que los monárquicos en realidad ganaron en número, aunque las ciudades dieron el triunfo a los republicanos. La lectura es clara para algunos: el rey se marchó para evitar una guerra civil, pero el nuevo régimen nació sin legitimidad de partida.
Más adelante, la situación se agravó. Se menciona el «pucherazo» del Frente Popular en 1936, la quema de iglesias y conventos desde 1931, y los asesinatos de católicos y falangistas. Quienes sostienen esta visión consideran que el gobierno republicano era una fracción que se creyó con derecho a imponer su ideología. Para ellos, el golpe de Estado fue una respuesta defensiva. La tesis es discutible, pero ahí está.
La democracia actual es una estafa
El punto más incómodo aparece cuando el debate se traslada al presente. Hay una corriente que sostiene que la democracia española es una «partitocracia»: los partidos son órganos del Estado, la sociedad civil no pinta nada y la soberanía sigue en manos de las élites. Se escucha la palabra «estafa». Y no se habla solo de la clase política: también se critica al sistema de partidos, a la ley electoral y a las autonomías, consideradas un coste inasumible. El argumento económico es contundente: eliminar las comunidades ahorraría unos 100.000 millones de euros al año.
Frente a eso, algunos proponen una «democracia formal» o «mínima»: separación de poderes, distritos uninominales, partidos sin financiación pública, mandato imperativo. Es la herencia de García Trevijano, que sigue teniendo seguidores. El problema, dicen otros, es que esa idea, por buena que sea, se desploma en cuanto toca la realidad. Y entonces, ¿qué queda?
La amenaza de otra guerra civil
La historia, como muestra, no es un espejo. La Revolución de los Claveles en Portugal, la de Terciopelo en Checoslovaquia o la primavera de los pueblos de 1848 se citan como ejemplos de cambios pacíficos. Pero también se advierte de que en España la retórica está subiendo de tono: algunos hablan abiertamente de una nueva guerra civil si el país se parte y se balcaniza. La conclusión de muchos es que España solo funciona con un caudillo, o que necesita un estado central fuerte que aplace las ansias autodestructivas del pueblo.
El dato que descoloca es el peso electoral de los mayores. Los jubilados representan el 25% del censo, uno de cada cuatro votantes. Cualquier cambio en el sistema, sea pacífico o no, tendría que contar con ellos. Pero la historia también dice que las revoluciones no las hacen los más numerosos, sino los mejor organizados.
Ahí queda la pregunta: ¿la versión de Franco es un recurso nostálgico o un aviso para quienes creen que la democracia española es intocable?