Franco y Santoña: los prisioneros que sí sobrevivieron
¿Fusiló Franco a un ejército entero rendido en Santander? La respuesta corta es que no hay constancia documental de tal matanza, y la larga pasa por un episodio con nombre propio: el
Pacto de Santoña. Lo que sí ocurrió, según coinciden varios relatos, fue una rendición pactada entre mandos nacionalistas vascos y el cuerpo expedicionario italiano, con la tropa abandonada a su suerte y los dirigentes salvados por la vía marítima. La crueldad, si se quiere llamar así, no fue un pelotón improvisado: fue una
entrega selectiva.
Qué se dijo en el arranque: un ejército entero pasado por las armas
El punto de partida es una afirmación rotunda: que en Santander, durante la campaña del Norte, se fusiló a un ejército entero que ya se había rendido, desarmado y ante el cuerpo expedicionario italiano al que se había entregado. La respuesta mayoritaria fue de incredulidad. Se pidió una sola prueba, un documento, una cifra. No apareció ninguna. La acusación quedó en el aire, sin fuente, sin archivo, sin lista de nombres.
A partir de ahí el asunto derivó hacia algo más concreto y más incómodo: el
Pacto de Santoña. Varios relatos coinciden en que, tras la caída de Bilbao, lo que quedaba del ejército republicano del Norte quedó sin escapatoria y retrocedió hacia Cantabria. Los mandos vascos pactaron con los italianos su propia salida mediante barcos que llegarían desde Francia, mientras la tropa —mayoritariamente no vasca— quedaba como prisionera de los nacionales. La escena, contada así, tiene poco de heroica y bastante de
sálvese quien pueda.
El Pacto de Santoña: rendición pactada, no matanza
La versión que más se repite en el material es la siguiente: el gobierno autónomo vasco había montado su propio ejército en paralelo a la República, con un desempeño militar pobre, y cuando perdió su territorio ya no tenía nada que rascar. La rendición se hizo ante los italianos, no ante los nacionales, por intermediación eclesiástica. Los dirigentes, autoridades y políticos vascos embarcaron hacia el extranjero. La tropa se quedó.
¿Hubo fusilamientos después? Sí, pero no un ejército entero. Un testimonio familiar menciona
algunos fusilamientos posteriores en el penal del Dueso, y lo hace con la cautela de quien solo recuerda fragmentos: «que yo sepa», «que yo recuerde». Es la única cifra concreta que aparece en todo el material, y no es una cifra: es un puñado. Frente a la acusación inicial de un ejército entero, la diferencia es abismal.
Hay quien va más allá y sostiene que Franco fusiló
poco para lo que podía haber fusilado. Y hay quien, en el extremo opuesto, sostiene que se quedó corto. Ambas posturas conviven sin que ninguna aporte un solo documento.
Quién se rindió a quién y por qué importa
El episodio tiene una derivada política que sigue calentando ánimos: los nacionalistas vascos se rindieron a los italianos, no a Franco. Eso, para una parte del material, es una humillación histórica: «los únicos que se han rendido a los italianos desde la caída del imperio romano», se llega a escribir. Para otra parte, es simple pragmatismo: la guerra entre republicanos y nacionales les era ajena, ya habían perdido su territorio y no tenía sentido morir por Santander.
Lo que nadie discute es el resultado: los dirigentes salvaron el cuello, la tropa no. El abandono de los soldados no vascos por sus mandos es, quizá, el dato más duro de todo el episodio, y no lo protagonizó Franco. Lo protagonizó quien tenía la sartén por el mango en el bando propio.
¿Fusiló Franco a los brigadistas internacionales?
No. El material recoge que a los prisioneros de las Brigadas Internacionales se les expulsó de España, con un desfile de por medio en el que se les hizo dar la espalda. Se argumenta que una crueldad mayor habría sido posible y no se aplicó. Es un contrapunto incómodo para quien espera del personaje una crueldad sin matices, y también para quien espera lo contrario.
La crueldad como relato y como dato
El asunto deriva, en la parte final, hacia una discusión más amplia: si Franco fue un santo, un flojo o un tirano. Aparece la tesis de que «nunca quiso derramar sangre por derramarla» y que valoraba la vida humana, especialmente la de sus compatriotas. Aparece la contraria: que fue un oportunista con fama de vago. Y aparece, cómo no, la comparación con Stalin, que deja a Franco en aprendiz.
El problema de fondo es que casi todo el material es opinión sin fuente. La única acusación concreta —un ejército entero fusilado— no tiene respaldo. El único dato concreto —unos pocos fusilamientos en el Dueso— viene de una memoria familiar. Entre ambos extremos, el Pacto de Santoña queda como lo que fue: una rendición negociada con extranjeros, con salvoconducto para unos y prisión para otros.
¿Era Franco un poco cruel? La pregunta, planteada así, no tiene respuesta documental. La tiene más concreta: ¿cruel con quién, comparado con qué, y según qué papel firmado?