Feijóo carga contra el SMI: el debate sobre si toca techo
Imagínese a un peón de albañil que no da una, que hace todo mal, pero que cobra casi lo mismo que el oficial que lleva años haciendo bien su trabajo. Esa escena, relatada por un empresario, resume la contradicción del salario mínimo en España: cuando sube, lo hace para todos, independientemente de la productividad. Y eso, según el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, tiene un límite. En unas declaraciones que han agitado el debate económico, Feijóo advirtió que no se puede seguir incrementando el SMI sin dañar el empleo y la competitividad. La polémica está servida, y los datos no ayudan a calmar las aguas.
¿Por qué Feijóo dice basta?
El argumento central de la advertencia es que los sucesivos incrementos del SMI –que ha pasado de 735 euros en 2018 a 1.134 euros en 2024, y sigue al alza– han comprimido las diferencias salariales. Según sus críticos, esto desincentiva la formación y el esfuerzo, porque un trabajador con poca cualificación gana casi lo mismo que uno con experiencia o estudios. El resultado, sostienen, es una pérdida de productividad que acaba lastrando a toda la economía. No es una opinión aislada: el debate en redes y medios recoge ejemplos de empresas que no pueden pagar más a sus buenos empleados porque el salario mínimo se come el presupuesto.
La inflación se come el supuesto avance
Frente a esa visión, hay quien defiende que subir el SMI es necesario para mantener el poder adquisitivo. Y los números les dan la razón en parte. Según datos manejados en la discusión, la inflación anual en España en 2026 fue del 3,2%, frente al 1,8% de Francia. Eso significa que, aunque el SMI nominal haya subido, el salario real no ha mejorado tanto. Un comentario recurrente es que 700 euros en 2016 tenían más poder de compra que 1.200 euros ahora. La conclusión: si no se sube el salario mínimo, los trabajadores pierden capacidad de compra; si se sube, algunos empresarios dicen no poder asumirlo.
Productividad: el elefante en la habitación
El verdadero nudo del debate es la productividad. España lleva años estancada en este indicador, y muchos analistas señalan que la clave no está en el SMI, sino en la estructura productiva: poca inversión en I+D, tejido empresarial de pequeñas empresas de bajo valor añadido y una elevada tasa de empleo temporal. Subir el SMI en este contexto puede ser contraproducente si no va acompañado de reformas estructurales. Incluso hay quien recuerda la directiva europea que fija el SMI en el 60% del salario medio, un objetivo que España ya ha superado en algunos tramos, lo que genera tensiones.
Y mientras, la fuga de talento
Un dato que descoloca: los ingenieros y profesionales cualificados se marchan de España. La queja recurrente es que aquí cobran casi lo mismo que un empleado no cualificado, mientras que en Alemania la diferencia es abismal. La paradoja es que los mismos que defienden subir el SMI para los menos formados son los que ven cómo los más formados se van. La ecuación no cuadra, y el debate sigue abierto.
Con estos mimbres, la advertencia de Feijóo no es una ocurrencia electoral, sino la punta del iceberg de un problema estructural. Mientras la inflación española duplica a la francesa y la productividad no despega, la pregunta de fondo sigue siendo: ¿cuánto podemos subir el SMI sin romper el mercado laboral? La respuesta, de momento, no la tiene nadie.