El kit de supervivencia de Iker Jiménez enciende a su audiencia
¿De verdad hace falta un kit de supervivencia para lo que viene, o es otra dosis de miedo televisado? La emisión en la que Iker Jiménez presentó el llamado kit de supervivencia en «Horizonte» ha abierto una grieta entre quienes ven una advertencia razonable y quienes lo leen como una operación de acojone en toda regla. El programa arrancó con un preparacionista exhibiendo distintos modelos de kit y derivó, según buena parte de las reacciones, hacia un tono más propio de un informativo de catástrofe que de una tertulia. La cosa no quedó ahí: en la misma mesa, Marc Vidal y Jasiel París Álvarez pusieron el contrapunto y dejaron al descubierto la incomodidad de parte del plantel.
Qué se dijo exactamente en el programa
El segmento inicial, el de mayor audiencia por horario y publicidad, mostró a un colaborador presentando kits de supervivencia con un tono que muchos calificaron de acelerado. La reacción más repetida fue la decepción: se esperaba análisis geopolítico y llegó una performance de preparacionismo. «En lugar de estar analizando los verdaderos motivos de los movimientos belicistas de Occidente, está con un tipo preper mostrando diferentes kits de supervivencia», resume una de las críticas más votadas.
Hay quien va más allá y sostiene que el miedo es el producto. La tesis dominante en esa corriente es que el miedo funciona como catalizador del totalitarismo: medidas drásticas que jamás se aceptarían sin una población acojonada. Y el kit, en ese marco, no sería una herramienta de prevención sino un objeto de consumo más, con su correspondiente margen comercial.
El precedente que nadie quiere repetir
El nombre de la pandemia aparece una y otra vez como vara de medir. La comparación es explícita: si con un enemigo invisible se aceptó lo que se aceptó, con un enemigo visible y armado el margen de maniobra es mayor. «El covid fue un chiste al lado de lo que pueden hacer ahora», apunta una intervención que describe un escenario de ciberataque con corte de luz, bloqueo bancario y escasez de carburante, dosificado de forma intermitente para mantener la dosis diaria de miedo.
La crítica al presentador por su papel durante aquellos meses es uno de los hilos conductores del malestar. Se le reprocha haber amplificado el relato oficial entonces y hacer ahora un ejercicio parecido con la guerra. La respuesta a ese reproche, desde otra parte de la audiencia, es que el propio programa dijo lo contrario: que están metiendo miedo sin necesidad y que lo que debería preocupar viene de abajo.
El kit que ya tenían las abuelas
La anécdota más repetida tiene poco de novedosa: el kit de supervivencia ya existía en las casas de antes. Latas de conserva, vino, aceite, harina, butano, leña, fósforos, jabón, una pata de jamón, chorizos oreados y queso. Lo cuenta alguien cuya abuela nació en 1900 y que descubrió que su familia política centroeuropea tenía el mismo inventario de serie. La conclusión es que el preparacionismo de manual es una novedad para quien nunca ha visto una despensa de pueblo.
Junto a esa mirada nostálgica convive la burla. La imagen del colaborador que presenta kits mientras, según el comentario más ácido, se jala tres jabalís al día, resume el escepticismo: el kit como objeto de consumo para un público que no lo necesita. La ocurrencia del queso manchego, la hogaza de pan de pueblo y la bota de vino como complemento para reírse de las guerras cierra el chiste.
El rearme, la OTAN y el elefante en la sala
El giro interesante llegó en la mesa. Frente al discurso de que hay que rearmarse porque un país ha atacado a otro y el continente está desarmado sin el hermano mayor americano, alguien puso encima de la mesa el dato incómodo: para disuadir a una potencia como Rusia haría falta defensa atómica, y ese proyecto —el Islero— se abandonó hace décadas. El rearme convencional sin paraguas nuclear es, en esa lectura, un ejercicio de retórica.
La otra pata del argumento es el calendario. Se sostiene que toda esta comedia se ha desatado desde que Trump propuso la paz, lo que descoloca el relato de la amenaza inminente. Y se señala el detalle de que el programa alineó a Putin como malo, a Trump como malo y a Europa como víctima necesitada de rearme, un paquete que a parte de la audiencia le sonó a oficialismo premium con envoltorio de disidencia.
La pregunta del millón: ¿cuela o no cuela?
La sensación mayoritaria es que esta operación es más burda que la anterior. La guerra y el kit ya están en boca del camarero y de la carnicera, pero como motivo de burla o comentario de ascensor, no de pánico real. Sin efecto sorpresa y con la gente escaldada, el margen de manipulación se estrecha. «O se inventan un atentado muy gordo en Europa y culpan al turcochino, o esto va a ir al cajón de las psyops fracasadas», resume una predicción que condensa el estado de ánimo.
Queda la duda de si el presentador cree lo que dice o simplemente lo interpreta. La respuesta más repetida es que da igual: el personaje del sorprendido lo interpreta en cada programa y el efecto sobre la audiencia es el mismo. Mientras tanto, el kit sigue a la venta y la nube radiactiva, de momento, sopla hacia otro lado.