La depilación láser vende higiene, pero el negocio va de otra cosa
Poca contradicción más clara que un mercado que anuncia «higiene y calidad de vida» mientras el debate público sigue enganchado a sentencias sobre a quién le toca depilarse y a quién no. La depilación láser se ha convertido en una decisión de consumo con dinero, tiempo y estética de por medio. Y, contra lo que pudiera parecer, no es asunto exclusivo de muyer: cada vez más hombres se suman a las sesiones como una inversión personal.
¿Higiene o presión estética?
El argumento de la higiene no aguanta un rascado. El vello no es sucio por definición; la suciedad se acumula igual sobre la piel lisa. Lo que mueve el sector es, en realidad, el canon que dicta que ciertas zonas deben quedar sin pelo, sobre todo en cuerpos que ya reciben suficiente escrutinio. La paradoja es que quienes más defienden la depilación como simple limpieza suelen ser los mismos que luego opinan sobre qué cuerpos son dignos de depilarse.
Un gasto defendido como inversión
Quien la prueba habla de mejora de calidad de vida: menos tiempo en la ducha, menos irritaciones, menos mantenimiento. Hay incluso quien la compara con un tatuaje, pero a la inversa: en vez de añadir, elimina. Los precios varían según zona y centro, y el tratamiento exige constancia. Pese a los prejuicios, el mercado crece y la pregunta deja de ser si depilarse con láser, sino cuánto se está dispuesto a pagar por no volver a pasar la cuchilla.
Si tanto es una inversión personal, ¿por qué sigue despertando tantas sentencias ajenas? Quizá la respuesta no esté en el vello, sino en quién se cree con derecho a opinar sobre el cuerpo del vecino.