La sierra de Madrid es zona II, la de mayor exposición al gas radón. Pero las mediciones reales varían tanto que la inquietud puede ser desproporcionada.
La decisión de trasladarse a Valdemorillo o sus alrededores trae consigo un debate geológico: la zona granítica favorece la emanación de radón, un gas radiactivo de origen natural. Sin embargo, la concentración dentro de una vivienda depende de factores muy concretos: tipo de cimentación, existencia de sótano, ventilación, materiales y hasta el uso que se dé a las estancias. Dos casas contiguas pueden dar lecturas radicalmente distintas.
¿Es realmente peligroso? El matiz del tabaco
El radón es la segunda causa de cáncer de pulmón tras el tabaco, pero la interacción entre ambos es clave. Un estudio del Ministerio de Sanidad citado en la discusión señala que la mayoría de casos atribuibles al radón se dan en fumadores y exfumadores. En no fumadores, el riesgo es mucho menor, salvo en exposiciones extremas como las de los mineros. Esto relativiza la alarma: ventilar bien las plantas bajas y, sobre todo, no fumar, son medidas más efectivas que la obsesión por el gas.
Soluciones: del bricolaje a los 6.000 euros
Para quien construye un chalet con sótano, el radón se acumula en la parte baja y puede filtrarse a la vivienda si no se toman medidas. Las opciones van desde un sistema profesional que ronda los 6.000 euros –con pozo de depresión y extractor permanente– hasta una solución casera: una arqueta de plástico perforada enterrada bajo el forjado, conectada a un tubo de extracción con bomba. El coste de esta segunda opción no llega a 400 euros, y puede instalarse por uno mismo. Eso sí, sin garantías de eficacia total si no se sella bien el terreno.
Medir antes que temer
La recomendación recurrente es clara: medir. Un medidor doméstico cuesta unos 50 euros y ofrece orientación suficiente para saber si la concentración supera los 100 bequerelios por metro cúbico (el nivel de referencia de la OMS). En un caso real, el promedio en sótano fue de 74 bq/m³, con picos de 150. En plantas superiores, los niveles suelen ser mucho más bajos. La normativa de edificación ya exige barreras antirradón en zonas de riesgo, pero no sustituye a una verificación sobre el terreno.
El dilema queda abierto: el radón es un riesgo real pero muy localizado y modulable. Para el fumador que duerme en un sótano habitable, la amenaza es alta. Para el no fumador que vive en una primera planta bien ventilada, el margen de preocupación se reduce. Como tantas veces, el diablo está en los detalles.